Nadie había puesto un pie en ese departamento desde hacia más de siete décadas. En pleno Pigalle y a unas cuadras del Teatro de L’ópera —un barrio que fue testigo privilegiado de los locos años 20 en París—, tuvieron que derribar una vetusta puerta para entrar a un espacio que parecía una cápsula del tiempo: muebles de autor, sillas aterciopeladas, cortinas con borlas y pasamanería, animales exóticos disecados bajo antiguas técnicas taxidermistas. Todo en la penumbra y cubierto de polvo.

En el centro, una tela enorme con la figura de una mujer sonriendo, ataviada de plumas y vestido de muselina roja. Después de varios peritajes de expertos en arte del siglo pasado se llegó a la gran verdad. Esa mujer era Marthe de Florian, una actriz y cantante francesa que llenaba teatros y que era la gran musa de una época agitada entre sorbos de pastis y absenta.

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La firma del retrato era aún más misteriosa y, después de varios análisis, se confirmó recién en 2010 lo que muchos ya imaginaban. La obra era de Giovanni Boldini: el gran retratista de la aristocracia europea; el mismo que tantas veces mencionó Cecil Beaton como ‘un ángel extinto del buen gusto’; el pintor que volvió locas a las chilenas más distinguidas de ese siglo, las que cruzaban en barco el Atlántico para ser inmortalizadas por el “Degas de los salones de alcurnia”.

Con Boldini, el chic se puso de moda. Con él se acababa el reinado de Monvoisin, que décadas antes se impuso en los circuitos nacionales con esas imágenes de señoras de Valparaíso y Santiago alhajadas en extremo, casi siempre vestidas de negro y rosa; con sus caras redondas como sinónimo de buena salud y abundancia.

La apuesta del italiano era completamente distinta: retratos de señoras larguiruchas, en actitudes provocadoras y, sobre todo, con movimiento. En la jerga de la época, todas coincidían que solo él era capaz de lograr que ellas aparecieran pintadas como si hubiera un vidrio translúcido por medio. Boldini sabía interpretar la elegancia femenina y parecía ir a la par con el emergente gusto de entonces por las sastrerías y las modistas de alto vuelo. Las poses eran ambiguas, siempre en tertulias, salones y teatros. En suma, vida de palacio, de baile y con una nueva mujer: fuerte y coqueta al mismo tiempo.

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El retrato de Marthe de Florian, que tuvo una partida de subasta de 300.000 euros para llegar a los 2.100.000, convirtiéndose así en la obra más cara del artista, pertenecía a la hija de la actriz. Una mujer sola que, antes de la Segunda Guerra Mundial, fue a vivir al sur de Francia. Sin embargo, siguió pagando el alquiler del departamento como si se tratara de una bodega que no quería volver a abrir y que por fortuna no alcanzó a ser saqueada por los nazis.

Mientras buscaban datos adicionales, encontraron otras cosas: una nota de amor escrita por Boldini y dirigida a Marthe, además de una referencia biográfica que indicaba que el cuadro había sido pintado en 1898, cuando la actriz tenía 24 años. Esos vestigios confirmaron la absoluta autenticidad de la obra. En París todos los entendidos en antigüedades sabían que en ese departamento había mucho más que un par de reliquias. Pero nadie de la casa de subastas Olivier Choppin Janvry sospechó que además estaba esta obra del pintor italiano. “Fue un momento mágico”, dijo Marc Ottavi, uno de los expertos de arte más fiables de Francia.

Nacido en Ferrara en 1842, Boldini se estableció en París a partir de 1871, donde consolidó su carrera. Cuando murió, el mayor reto para su familia fue catalogar y localizar su obra, que estaba esparcida en distintas partes del mundo, igual que sus conquistas: todas mujeres acostumbrada al bon vivre. Se inició en la pintura en el estudio de su padre, después continuó en la academia de Florencia y en 1867 se marchó a París y a Londres, donde tuvo la protección y confianza de la duquesa de Westminster, otra de sus amantes.

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Cuando en 1900 retornó a París, era toda una figura e hizo los retratos de Giuseppe Verdi, el conde Robert de Montesquieu, la marquesa Casati (1909), el conde Sforza y Madame Edward y sus hijos. Su fama era tan grande que incluso otros pintores dejaban que los retratara como si fuese una bendición: Toulouse Lautrec, John S. Sargent y Edgar Degas, quien se convirtió después en su gran amigo.

Aunque existen pocos datos biográficos, crónicas de la época muestran a un Boldini atraído por la aristocracia y la alta burguesía europea. ¿Su sello como artista? Ser el testigo de la Belle époque, donde, además de ser un respetado retratista, era un seductor entre damas influyentes.

Su romance con la marquesa Casati fue una noticia que recorrió toda Europa. La excéntrica y millonaria heredera italiana simbolizaba la modernidad y el desparpajo de una época. Hablaba abiertamente de su bisexualidad y, en su residencia veneciana, el Palazzo Venier dei Leoni (hoy más conocido como la casa que contiene la colección de Peggy Guggenheim), vivía rodeada de animales. Siempre vestida de alta costura, con joyas excéntricas, en fiestas interminables, le gustaba que sus sirvientes anduvieran semidesnudos en su casa y ojalá llevando serpientes como collares. Paseaba por las calles con dos guepardos jóvenes que la seguían como si fueran perros adiestrados y a su casa llegaban figuras como Jean Cocteau, Cecil Beaton, Jack Kerouac, Picasso y Man Ray.

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Cuando en el 2007 vino a Chile el famoso crítico de arte Romolo Trebbi, fue tajante. Después de revisar casi sesenta obras italianas que aún están en poder del Museo Nacional de Bellas Artes, llegó a la conclusión de que entre los cuadros más destacados estaba una obra de Boldini, específicamente el retrato de Federico Guillermo Schwager. Inmediatamente dijo: “Este pintor fue el más famoso en París y Londres entre la aristocracia de fines del 1800. Este cuadro del minero (Schwager) es interesante porque muestra al personaje en su forma más elegante. Está hecho en pasteles sobre tela y entra en la profundidad del rostro, como una forma de llegar al ego del minero, la figura esbelta, alta, de capa”.

Otras chilenas que viajaron a París para ser inmortalizadas por Boldini, fueron Patricia López Huici, Elena Concha de Irarrázabal, Josefina de Alvear de Errázuriz y Margot Mackenna de Edwards, quien en una tela fechada en 1922 aparece como una mamá moderna y cinematográfica, con hijos y guacamayos como exóticas mascotas. Capítulo aparte para Olivia de Santiago Concha Valdés de Fontecilla, otra chilena que fue su musa y cuyo retrato es actualmente la portada del catálogo de la reciente exposición del artista en el Palacio Pitti de Florencia. Hasta hoy, Mariano Fontecilla, hijo de la mujer retratada, no puede creer que su madre fuera otra de las musas de Boldini y que su cuadro La señora en rosa sea considerado una de las piezas más potentes del legado del italiano.

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Pero, ¿habrá sido la chilena Emiliana Concha de Ossa, su gran amor? Más de una vez el pintor dijo a su círculo que se sentía atraido por la ‘gracia y sencillez’ de la hija del gran viñatero Melchor de Concha y Toro y de doña Emiliana Subercaseaux. Cuando la pintó, por primera vez, mientras ella vivía en París, como la mayoría de los chilenos acomodados de la época, se propuso dibujarla una y otra vez. Fue con el retrato donde Emiliana aparece con abanico de plumas, que el pintor obtuvo la medalla de oro en la exposición universal de 1889: un premio que lo confirmó como el mejor de su tiempo. Hasta la fecha, se han catalogado seis óleos y decenas de bocetos con la figura de la misma mujer.

Emiliana, de rasgos fuertes, pero de salud débil, murió en un sanatorio de Laussane, en Suiza, en 1905. El artista desconsolado, atesoró el retrato y lo puso enfrente de su cama. Nunca más lo sacó de ahí. Treinta años después, se despidió para siempre contemplando la imagen de la chilena, hablándole como si aún estuviera viva.