Dicen que las agujas arquitectónicas de la Sagrada Familia en Barcelona parecen pinchar el cielo. Esculpidas como si fueran estructuras orgánicas en medio de la ciudad, no tienen plazo de entrega ni tampoco responden a planificaciones tradicionales de obras civiles. Porque la obra de Antoni Gaudí, el modernista catalán que tomó las bases del neogótico para presentar una nueva arquitectura fundada en la intuición, se confirmó como la quintaesencia del acto artístico de los nuevos tiempos. Al igual que Leonardo da Vinci en el Renacimiento, se concentró en volumen y geometría para hacer dialogar cada uno de los oficios que dominó.

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Antes de diseñar planos, fue ceramista, vidriero, forjador de hierro y carpintero. Católico profundo fue, contradictoriamente, un hombre libre que defendía ideales de autonomía lejos de la corona. En un acto de generosidad, en 1922 cedió al franciscano Angélico Aranda la capilla de diez por diez metros cuadrados para ser proyectada en Rancagua, convirtiéndose en la única obra del arquitecto fuera de España y que ya comienza su despegue. Una pequeña nave para pedir perdón, donde cinco ángeles elevados en el cielo parecen sostener una enorme estructura que levita como un manto de una virgen coronada. En Valparaíso, la Corporación de Arquitectos dedicará el año a la obra y genio del artista.

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Una forma de hacer coincidir el método libre y sin planos de Gaudí con la forma expresiva de una ciudad espontánea en su urbanismo. Tendrán un contenedor móvil con lentes de realidad virtual y el 8 de marzo de 2019 inaugurarán una muestra con 152 piezas originales que aterrizarán de manera inédita en el Parque Cultural de Valparaíso, un recorrido por las pasiones y la fe de un hombre que inició la modernidad y que, sin embargo, murió atropellado por un tranvía recién estrenado.