Esta artista ocupa un lenguaje muy femenino, que puede leerse de manera transversal. Podría decirse que comulga con el feminismo, aunque en estos días la palabra y el concepto estén manipulados y deformados, por lo que hay que ser delicados al ocuparlos. “Me gusta pensar en mi trabajo como un ‘Neo barroco pop’ pensando en esa identidad a la cual se refieren Alejo Carpentier y Lezama Lima, entendida como una pulsión creadora que vuelve cíclicamente a través de la historia en las manifestaciones de arte”.

Sus referentes no solo tienen que ver con las artes plásticas. Se ve influenciada por lo que lee, escucha, la gente que conoce, lo lugares que visita y los maestros que ha tenido. De los chilenos se siente vinculada a Magdalena Atria, Juan Alfaro, Verónica Rojas, Alfredo Jaar, Nemesio Antúnez, su abuela, su madre, Altazor de Huidobro y Rodrigo Zúñiga. De afuera, Cortázar, Meret Oppenheim, Magritte, Ai Wei Wei, Maxime Ansian, Lei Xue, Burano y una larga lista de películas y música. La artista tomó el tejido como el rescate de un acto doméstico. El de cubrir el mobiliario con mantelitos tejidos a crochet, tan habituales en el pasado.

Esto le permite relacionarse de una forma distinta con los objetos, abriendo diversas lecturas que tienen que ver con el tiempo, el consumo y los afectos. “Me voy dando cuenta que el tejido cobija un montón de significados y comienza a suceder algo muy especial, como si el paño se tejiera a sí mismo”, indica la artista.

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—¿Qué representan tus obras y qué quieres decir con ellas?

—En un principio parto con un desplazamiento de objetos cotidianos, los reproduzco en cerámica, lo que me permite fusionarlos con paños hechos en cerámica. Curiosamente esta técnica se llama “bordado”. Después, orgánicamente por medio del absurdo, el paño comienza a devorar los objetos, dando nuevos resultados y lecturas. Es cuando me topo con el museo por primera vez, y mi trabajo se vuelve modular a través de la instalación. De esta forma comienzo a apropiarme del espacio y tomarlo como material artístico, construyendo un lenguaje que permite, como dice Rancier, “que el espectador sea capaz de crear su propio poema”.

—¿Es difícil insertarse en el mundo del arte en Chile y el extranjero?

—Es difícil entender el mundo del arte, y cuál va a ser tu rol una vez que decides dedicarte a esto. En la medida que lo tienes más claro, es menos dificultoso insertarse, tanto aquí como en el extranjero.

—¿En qué etapa de tu carrera estás?

—Espero que mi trabajo esté siempre en un constante desarrollo. Estoy en una etapa donde este empieza a despertar cierto interés afuera. En julio pasado tuve mi primera exposición individual en Europa, en el marco Festival Art Stays, en Eslovenia. Expusieron artistas de la talla de Ai Wei Wei, Santiago Sierra, los hermanos Chapman, entre otros 60 artistas.

—¿Es más difícil ser una artista de provincia que de Santiago?

—Teniendo en cuenta que la mayor parte de la actividad cultural se desarrolla allá, claro que es más difícil pertenecer a una provincia. Hay un tema con la logística que complica las cosas. Por otro lado, vivir lejos genera una reflexión distinta al que otorga la capital, y eso puede ser un gran aporte.