Sus nombres Camilo (19), Emiliano (11), Domingo (8) y Salvador (2) están tatuados en el brazo derecho de la fotógrafa. “Son universos distintos. Camilo ya es un hombre, que a medida que ha crecido se ha acercado más a mí. Emiliano es con el que más me cuesta relacionarme, es parecido a mí, más intenso, difícil. Domingo es concreto, simple, cariñoso, muy sensible. Salvador todavía es un remolino lleno de energía”.

Son su inspiración y la maternidad cambió su vida, pero cuando supo que estaba embarazada por primera vez pensó que el mundo se terminaba. Tenía 18 años y había decidido ir a estudiar coreografía a Buenos Aires. “Tuve que parar todo lo que soñaba. Mientras esperaba a Camilo me metí a hacer un curso de foto para pasar el tiempo. Y fue como iluminarme, me pasó algo increíble. Me di cuenta de que eso era lo que quería hacer. Me apasioné con las imágenes, descubrí otro mundo y al año siguiente, después de que nació mi hijo, me metí a estudiar fotografía”.

Jamás perdió el amor por el baile. “Expresarme a través del cuerpo es vital para mí. Tengo una gran cantidad de energía que necesito botar. De hecho, mientras estudiaba foto pensé matricularme en educación física al mismo tiempo, pero justo conocí a mi marido (Jorge Jofré), mi estudio comenzó a crecer y mi tiempo disminuyó. Tuve más hijos y pasaron los años… Recién hace un año retomé mi trabajo físico. Coincidió con conocer a los Power Peralta y que los niños se metieran a estudiar danza con ellos. Es extraña la vida, esa parte mía tan hiperkinética se manifiesta en mis hijos. Ellos heredaron el gusto por el movimiento”.

Hoy su estudio es uno de los más exitosos de Chile, en él trabajan 18 personas y desde hace un año y medio también filma comerciales. Un ritmo que sólo aguanta con entrenamiento físico y una férrea estructura para llevar la casa. “Parto a las 6:00 de la mañana preparando el desayuno antes de ir a trotar. Ellos se levantan a las 7:00. Después de entrenar los acompaño hasta que se van al colegio con Jorge. Empezar la mañana contenta y con energía para enfrentar el día es fundamental. Trato de entregarles eso siempre, porque de ahí para adelante ellos saben que estoy, pero no físicamente. De hecho, el 60 por ciento de la semana no estoy en la casa, la mayoría de las veces no me ven ni en la noche. Entonces esa hora temprano es muy importante. Y aunque antes de partir al colegio es un caos, porque todos gritan y están apurados, el hecho de que tomemos desayuno juntos es impagable. Me esfuerzo y me levanto temprano para hacerlo yo y que sean cosas ricas. Esa es mi tarea diaria”.

En el resto la ayudan dos nanas. “Una va en la mañana y termina su jornada yendo a buscarlos al colegio y la otra se encarga de quedarse con ellos hasta la noche, porque nunca tengo claro a qué hora terminaré, sólo sé que los niños comen a las 7:30 de la tarde y rara vez alcanzo a llegar”.

A pesar de todas las complicaciones, la maternidad es parte fundamental de su vida.

“No soy una madre ejemplar ni nada parecido, pero siento que tener hijos es una de las tareas de mi vida. Es parte de la persona que soy. Ser mamá me define. Si no tuviera los hijos que tengo no sería quien soy, hasta mi relación con la foto sería diferente. Ellos me dan una fuerza gigante, me impulsan a hacer mejor las cosas. Me encanta que sean puros hombres. La naturaleza es muy sabia, yo no habría sido buena madre de una mujer, soy muy intensa, enrollada; ellos me han matizado y ‘bajado’ a pensar las cosas con claridad. Veo a mi hermana, a las amigas con niñitas y pienso ¡qué intensidad!”.