Sentado frente a una mesa que más parece la de un notario, pero rodeado de cientos de lápices de color, de montones de sacapuntas y croqueras se encuentra Nicolás de la Puente Polloni (32), artista visual e hijo del recordado pintor y escultor Francisco de la Puente Oelckers, fallecido hace tres años.

La locación es una muy bien conservada casa de fachada continua ubicada en José Manuel Infante, en plena Providencia. El lugar, mítico para varias generaciones de artistas, era el antiguo taller del padre de Nicolás, quien tras su partida, tuvo que hacerse cargo del gigantesco legado de su padre y hacerlo compatibilizar con su propia creación artística. Rodeado de cuadros de Matilde Pérez y otros maestros de la pintura local, consiguió crear su propio espacio, dentro de lo que parece un verdadero museo vivo y además superar el luto por la partida de Pancho.

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“Él trabajaba acá. Yo no viví con mi viejo, pero siempre me acuerdo haberlo visto aquí y en la casa de El Ingenio (Cajón del Maipo). Lo loco es que él nunca abría estas ventanas. Cuando me vine, recién se abrieron. El era medio hermético: adentro estaba el show, pero de afuera ni se cachaba. ¡Cuando las abrí, los vecinos quedaron locos!”, cuenta Nico, un personaje grandote, de pelo y barba larga y con un aura bonachona que a muchos hace pensar que su padre sigue vivo.

“Siempre creí que alguna vez iba a exponer con Pancho…¡Nunca imaginé que se iba a morir! Pero se dio justo. Fue un trabajo jodido, pero lo de Pancho ya estaba”, explica Nicolás, quien por estos días presenta —hasta el 6 de octubre— un total de 30 obras de su autoría y de su padre. “De él van bordados, cerámicas, esculturas, bronce… Hacía de todo, en cambio yo trabajo con la viruta del lápiz, soy medio recolector. Ocupo las etiquetas de la ropa, estuches de los remedios, las chapitas de las latas de bebida…”, detalla, aclarando que lo suyo no es el síndrome de Diógenes, sino que el ocupar una materialidad que se repite y que la gente no toma en cuenta.

Frente al dilema permanente de tener que lidiar con la sombra de la figura paterna, Nicolás tempranamente se rebeló. No es de pedir favores ni invocar su apellido para lograr ‘estar’. De hecho, Francisco se enteró por la prensa que su hijo era artista. “El 2004 me tiré no más. Agarré pachorra, y como en los concursos puedes ocupar seudónimos, ahí fui agarrando fuerza, sentía que era lo que me gusta hacer”.

—¿Y tu padre qué opinó?
—Nada. La primera vez que se enteró fue por un premio que me gané y salió en El Mercurio y me preguntó ‘¿¡A qué te estái dedicando!?’. El sabía, pero no hablábamos nada. La primera vez que le regalé algo fue después de un almuerzo eterno y le dejé un cuadro mío debajo de la cama, al tiempo lo vi colgado, pero nunca se dijo nada.

—¿Y por qué fue así?
—Porque la gente debe pensar que me ayudan, que tengo contactos, que todo se me hace más fácil y no es así. Yo tenía que forjar mi camino y creo que el no quiso influenciarme. Fue su forma de validarme.

—Tú no viviste con él, ¿cómo fue su conexión?
—Buena. Éramos como amigos, lo retaba de repente. Cuando chico, el andaba en su mundo, viajando. Esperó que me hiciera adulto para tener más interacción. Yo era su único hijo.

—¿Cómo ha sido convivir con sus energías en este taller?
—¡Buenísimo! Al principio no tocaba nada porque estaba lleno de objetos. Muchos se pueden haber molestado y querido que hiciese una fundación. ¿Pero quién se iba a hacer cargo? ¿Yo? Para muchos el ideal es que hubiese seguido su misma línea, pero yo tengo que hacer mi vida y me fui empoderando de este lugar.
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2 De la puente colgantes, la exposición conjunta de la que padre e hijo nunca hablaron parece ser un cierre de ciclo, un término del luto y el comienzo de nuevas alegrías. “Me llama la atención que la gente nos asocia mucho. Nos parecemos físicamente, hablamos igual, pero yo no pinto cordeles… hago otra cosa totalmente diferente. También puede ser que esta exposición sea una manera de diferenciarnos. Imagínate: me vine a vivir a la misma casa, ocupo su auto. ¡Incluso su ropa, que me queda buena! ¡Me dicen que le copio, que voy al mismo bar, en el mismo barrio! Yo creo mucho en la sangre y lo loco es el cariño inmenso de la gente, que lo reflejan en mí. Soy agradecido de eso, pero hay quienes ni me conocen y actúan como si lo hicieran y más encima me dicen Pancho…”, comenta este artista desgarbado, pero de una pulcritud conmovedora para sacar punta a lápices mina y así obtener su preciada ‘viruta’, con la que trabaja gran parte de su obra. “A mí no me llamaba la atención el pincel y de repente empecé a desmenuzar el lápiz. No quería hacer algo abstracto o realista, tampoco soy de escuela… soy autodidacta. Ni siquiera tengo amigos de mi generación, soy un desclasado…”.

—¿Y cómo llevas ese asunto, el de las generaciones?
—Hay un cuento con el ego muy fuerte. No soy de ir a meterme a galerías. Hay muchos que pasan un año en Nueva York y vuelven como si ya las han hecho todas. O cabros de treinta y tantos que han expuesto en el Bellas Artes… ¿Qué les queda? No los critico, pero me llama la atención. No va a faltar el que diga que estoy exponiendo con mi papá para hacerme famoso, me lo imagino…

—¿Se acaban de cumplir tres años de la muerte de tu padre, ¿cómo lo viviste?
—Como un año ebrio… evadiendo. Luego me fui a Londres. Viví el luto, aceptar que no estaba, la pena. De repente se me olvidaba que estaba muerto y lo llamaba por teléfono. Hoy pueden haber prejuicios, pero tengo la libertad de juntar mis cosas con las de Pancho y la gente verá si estamos confrontados, si me quiero desmarcar o quiero salir en una revista para aparecer con él. ¡Que vayan los que me quieren y lo querían a él! ¡Lo demás está de más!