La mañana del 10 de marzo de este año, Giovanni Zamora (26) dejaba en el suelo dos tarros de pintura, junto a la brocha, el rodillo y un spray, y se enfrentaba, manos en jarra, a uno de los muros del callejón Almirante Muñoz, en el corazón del barrio Puerto, en Valparaíso. Sabía muy bien lo que habría de pintar —porque había hecho borradores en su croquera tomando como modelo a su propio hermano, Maximiliano— y, también, aquello que quería transmitir con su pintura.

“Quise mostrar el cotidiano de muchos chilenos que no están conformes con su trabajo. Y que deben vivir en esa rutina, atrapados por una corbata, para luego jubilar y sobrevivir con una pensión que no les alcanza para nada. Ese mural es una invitación a sacarse la corbata, para que nos demos cuenta de que hay cosas que no estamos haciendo bien, cosas que podemos mejorar”, cuenta Giova.

La corbata es uno de los trabajos más representativos de su obra autoral. Justo en la pared de enfrente hay otro: una chica que huye, con un spray en la mano, la boca cubierta, los pechos desnudos. Se trata de un homenaje-crítica a la igualdad de género. Dos días demoro en cada obra. Es rápido, Giova.

Hijo de un padre que dejó la pintura para concentrarse en la ingeniería —había cinco criaturas que alimentar— y sobrino de un tío pintor, Giovanni dibujó desde muy niño. Con ocho años ya tenía nociones de pintura al óleo. La vida lo llevó por los caminos de la sicología, carrera que estudió y ejerció un par de años, hasta que se dio cuenta de que no era lo suyo, que solo quería pintar y vivir del arte.

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“Arrendamos un taller con un amigo. En esos días, la constructora que restaura el Mercado Puerto necesitaba pintar los paneles que rodean los trabajos. Nos facilitaron los materiales y lo hicimos. Así surgió la idea de pintar en la calle, de hacer grafitis, murales, y vivir de eso”.

Giova traía consigo la tradición del muralismo mexicano, muy surrealista; también la influencia de la brigada Ramona Parra —donde hasta el día de hoy colabora— y de las Aztks crew, una agrupación del barrio de Miraflores, de donde aprendió el uso del spray. De ahí que sus obras sean tan particulares, una suerte de sincretismo de estas tendencias, que se grafica en el uso de la brocha, el rodillo (propios del muralismo) y el spray.

“Quiero que las paredes sean el espejo de la sociedad, que la gente pueda verse reflejada en los muros”, dice Giova. A eso ha volcado su trabajo autoral, pero también es a lo que apunta la ONG en la que participa: Valparaíso en Colores. Dirigida por Horacio Silva —el manager del célebre muralista Inti Castro—, esta agrupación promueve un modelo de intervención a través del arte urbano, en el entendido de que la pintura puede cambiar la noción de un espacio, darle identidad e identificación. Es lo que han hecho en los cerros Lecheros, La Cruz y Cárcel.

En el proyecto de intervención del cerro La Cruz, por ejemplo, participó Gerópolis, organismo dependiente del Departamento de Investigación de la Universidad de Valparaíso. Ellos se entrevistaron cara a cara con los vecinos para saber qué querían que apareciera en los muros. Con esa información los artistas realizaron una propuesta que fue aprobada por los vecinos antes de que los grafiteros comenzaran su trabajo.

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Otro caso es el de la calle Atahualpa, en el cerro Cárcel. “Un barrio donde el carrete era bravo. En mitad de la noche, la gente orinaba en la puerta de las casas, rayaban las paredes. Los vecinos decidieron cambiarle la cara al barrio. Entonces hicimos una minga. Nosotros llevamos los materiales y los pobladores prepararon una paila marina para compartir en la actividad. Le cambiamos la cara al barrio en función de los que los propios vecinos querían reflejar en sus muros”, cuenta Giova.

Algunos de estos trabajos colectivos han sido apoyados por empresas privadas, pero también hay encargos de instituciones y particulares que quieren tener un grafiti de Giova en las paredes que los rodean. Como el caso de una mujer del cerro Cordillera que le encargó un retrato de su hijo asesinado. O el director del Liceo Técnico A-24 de Valparaíso, quien lo convocó para restituir un mural que el terremoto de 2010 había arruinado. “Debimos pintar una machi de 13 metros de altura, como una suerte de recuperación de otro mural que había pintado en el mismo lugar Jorge Luis Pajarito, un antiguo muralista. Recuperamos esa esquina, que tradicionalmente ha sido conocida como la esquina de la machi, pero con nuestra estética”.

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Giova sabe que el arte del grafiti es efímero. Que su obra en los muros de la ciudad está condenada a desaparecer por efecto del clima, del paso del tiempo, de las mismas circunstancias de la vida citadina. “Cuando uno pinta en la calle, el muro en el que has trabajado deja de pertenecerte apenas terminas el mural”, sostiene. “Ya no es tuyo, sino de la ciudad. Se pierde el sentido de propiedad de la obra. Lo lindo es que en algunos casos la gente se organiza para cuidarlo, porque ven que esa obra los refleja, porque genera identidad, porque de una extraña manera has conseguido que ellos también estén ahí, en ese muro donde antes no había nada”.