En las fotos de Lewis Hine aparecen niños. La mayoría lleva la cara sucia o carga cosas o espera el click del fotógrafo rodeado de máquinas. Todos ellos tienen una expresión sombría en la mirada. Ninguno juega. No podrían. A pesar de tener ocho, diez o doce años, el tiempo lo empeñan en otra cosa: trabajan y trabajan duro. No son casos excepcionales. En los Estados Unidos que le tocó vivir a Lewis Hine, sobre todo el de principios del siglo XX, había cerca de dos millones de niños y niñas menores de 16 años que estaban empleados como mano de obra.

Hine comenzó tomando fotos cuando era alumno de sociología con el fin de perfeccionar el aprendizaje en sus estudios. Una vez que egresó fue contratado como fotógrafo por la Fundación Rusell Sage para realizar trabajos de campo aplicados a las ciencias sociales. Pronto inició su colaboración con el Comité Nacional de Trabajo Infantil, una ONG que combatía uso de mano de obra infantil. La sensibilidad de Hine no tardó en estallar.

“Quiero mostrar lo que debe ser corregido, corregir lo incorrecto”, decía Hine. Y para ello se adentraba en fábricas, hilanderías y minas, cuando no paseaba atento por la calle con su cámara, para retratar a esos niños que habían crecido antes de tiempo y a quienes el trabajo los había privado de su infancia.

Hine fue el primer fotógrafo social y su obsesión por retratar a niños obreros no fue en vano. Su obra —aunque tardíamente reconocida por sus pares— fue significativa para que se redactaran las primeras leyes de protección a los menores en lo que a trabajo se refiere.

Al igual que Hine, muchos otros fotógrafos han orientado su oficio hacia la consecución de un mundo mejor y más justo. Sin ir más lejos, el chileno Sergio Larraín tomó su cámara para hacer algo parecido a lo de Hine y registró la cruda realidad de los niños que vivían abandonados en los alrededores del río Mapocho.

Como dice Agnès Sire —la filósofa y esteta francesa, curadora de la última gran retrospectiva de Larraín presentada en Santiago—, “esos niños eran tanto un reflejo de su propia personalidad, como la expresión de su deseo de una sociedad mejor. Una manera de afirmar su diferencia: Larraín se confundía con esos niños en las orillas del río Mapocho, en las cunetas, debajo de los puentes, poniéndose a su nivel, a ras de suelo”.

Hine y Larraín no son los únicos que han cruzado causa y oficio de manera tan evidente. El peruano Martín Chambi, por ejemplo, hizo de su fotografía una herramienta para preservar la cultura de su pueblo. Nacido en Puno, en 1891, tuvo que salir a temprana edad a ganarse la vida, trabajando en las minas de oro de Carabaya, donde tuvo su primer contacto con la fotografía al hacer amistad con los fotógrafos que eran empleados de la Santo Domingo Mining Company.

Deslumbrado por su descubrimiento, viajó a Arequipa donde aprendió las técnicas y se perfeccionó en el oficio que labró rescatando la cultura ancestral peruana. Decía Chambi: “He leído que en Chile se piensa que los Indios no tienen cultura, que son incivilizados, que son intelectual y artísticamente inferiores en comparación a los blancos y los europeos. Más elocuente que mi opinión, en todo caso, son los testimonios gráficos. Es mi esperanza que un atestado imparcial y objetivo examinará esta evidencia. Siento que soy un representativo de mi raza; mi gente habla a través de mis fotografías”.

Es que la fotografía tiene un poder especial. Recorta un fragmento de realidad para relevarlo de lo cotidiano y ofrecerle un estatus distinto, el de la trascendencia. La fotografía, de alguna manera, perpetúa aquello que el hombre sumido en el tráfago cotidiano no logra ver.

Por eso la obra del brasileño Sebastiao Salgado —quien compartió tareas con Larraín, Cartier-Bresson, Doisneau y otros en la agencia Magnum— es tan importante. Porque ha relevado a los ojos del hombre el drama de la pobreza y la miseria en los países subdesarrollados. Su trabajo más célebre fue el que hizo a fines de la década del ’60 en Brasil, en las minas de oro de Serra Pelada, donde más de 50 mil hombres buscaban el sueño de hacerse ricos.

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“Cuando llegué al borde de ese inmenso agujero, se me erizó la piel. Nunca había visto nada parecido. Allí vi pasar ante mí en fracciones de segundo la historia de la humanidad entera: la historia de la construcción de las pirámides, la torre de Babel, las minas del rey Salomón”, dice en La sal de la tierra, el documental que hizo sobre su obra Wim Wenders.

Desde entonces, si hay una causa que ha abrazado Salgado ha sido la de los desposeídos.

Las fotografías del australiano Peter Dombrovskis encierran una bella historia que no sólo lo incluyen a él sino también al fotógrafo lituano Olegas Truchanas. Los hechos suceden en Tanzania y tienen como escenario protagónico al Parque Nacional de Cradle Mountain. Preocupado por la instalación de proyectos hidroeléctricos que amenazaban el lago Pedder —ubicado al interior del parque—, Truchanas inició una campaña para preservarlo a todo evento. Premunido de su cámara registró el lago en toda su belleza natural y con esas instantáneas golpeó la puerta de las autoridades y los medios buscando detener los proyectos hidroeléctricos.

Hubo marchas y mítines pero todo fue coronado por el más absoluto de los fracasos. El lago Pedder y todas sus riquezas naturales fueron convertidos en el embalse Huon-Serpentina. Ese mismo año —1972— Truchanas moría.

Su lucha no fue del todo en vano. Inspirado en su ejemplo, Peter Dombrovskis tomó la posta y ante la amenaza de nuevos proyectos hidroeléctricos desenfundó su cámara para defender el río Franklin. Las fotografías que hizo Dombrovskis recogieron toda la belleza del río y sus alrededores y el impacto que aquellas provocaron en la gente y las autoridades fue tal que el proyecto no pudo llevarse a cabo. Es más, las autoridades australianas dieron categoría de zona protegida al lugar y crearon el Parque Nacional Franklin-Gordon Wild Rivers.

“Es necesario desarrollar una ética de la tierra, ya que el mundo natural se encuentra amenazado por la explotación comercial que destruirá su valor para las futuras generaciones”, escribió el propio Dombrovskis antes de morir, cuando ya sus fotografías se habían hecho célebres por rescatar el alma de Tasmania.

La lucha de la fotógrafa rumana Mihaela Noroc es muy distinta. Ella viaja por el mundo empeñada en defender la diversidad cultural. Lo hace de una manera muy particular: retratando mujeres. Su proyecto se llama El atlas de la belleza y se puede acceder a él a través del siguiente link: theatlasofbeauty.com.

Con 29 años, Mihaela no ha tenido inconvenientes en convertirse en una verdadera trotamundos. Ha retratado a mujeres de prácticamente 60 países, desde China a Ecuador, incluido también Chile. Su método varía porque perfectamente puede quedarse un par de días en la casa de sus retratadas —con el fin de conocerlas profundamente— o resolver en menos de un minuto una fotografía callejera.

“A través de El Atlas de belleza deseo confrontar los rostros del mundo y demostrar que todas las mujeres de mis fotos, sean de la cultura que sean, tienen algo hermoso. Mi idea es continuar con este proyecto durante muchos años y que sea una fuente de inspiración para que las mujeres no tengan complejos en ser ellas mismas”, escribe la propia Mihaela en su página donde pueden contemplar cada uno de los retratos que ella ha hecho.

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Adam Bouska, en cambio, dio inicio a una batalla mucho más frontal. Famoso por ser un retratista de celebridades —desde Lindsay Lohan a Annie Lenox— y por ser un activista pro derechos de los homosexuales, no demoró en idear una campaña una vez que el Estado de California aprobara vía referéndum la propuesta 8. ¿Qué decía esta propuesta? Revocaba de la Constitución el derecho de las parejas del mismo sexo a contraer matrimonio.

Ante eso, Bouska ideó una página web donde alojar su protesta. Le dio un nombre NOH8, que se lee como “no al odio” (no hate), y convocó a fotógrafos, celebridades y personas comunes y corrientes a aparecer en ella protestando de una manera muy especial: vistiendo poleras blancas, con sus bocas cubiertas con una cinta adhesiva y el logo de NOH8 pintado en sus mejillas.

La campaña ha sido todo un éxito no sólo porque celebridades como Ricky Martin o Liza Minelli se han sumado a ella; también porque casi 50 mil personas han subido sus fotos de protesta a la página.

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La lista de fotógrafos con causa no se limita a estos nombres. Hay muchos otros que han puesto su mirada al servicio de construir una sociedad más justa. En tiempos en que la fotografía se ha democratizado y cuando ya el espíritu navideño parece inundarnos, la próxima vez que haga clic piense en esto y recorte un pedazo de realidad que haga de este planeta un mundo mejor.