“La vida eterna” dice mientras clava los ojos para responder. Más que por convicción le gusta el concepto porque cuestiona los pensamientos de la historia: el científico y también el religioso. “La vida eterna”, replica. “Esa frase acuñada desde la fe y que se ha pintado tantas veces. Desde el mundo primitivo y en todas las edades de la historia”. Aunque su discurso suena serio, Guillermo Lorca García-Huidobro también se pasea por su casa-taller, en pleno barrio Yungay, con humor de rockero. Mientras embala lienzos que partirán al Museo de Bellas Artes, se ríe de muchas cosas. Por ejemplo de los celos que experimenta Chopolina, su adorada perrita que adoptó por internet, cuando alguien se le acerca. “No deja que nadie me dé un beso… Le puse ese nombre porque me suena a felpudita”.

Retoma el relato pictórico y habla de cómo la pretensión de pintar no es más que una obra viva más allá de quien la hace. “Pero finalmente nada es eterno. Todo cae en la mera pretensión. No tiene por qué cumplirse”.

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A sus treinta años debe ser uno de los artistas más jóvenes que llega al frío museo chileno. Pero su obra ha viajado por galerías nacionales e internacionales y también se sabe que es el favorito de coleccionistas como Francisco Pérez Mackenna, Santiago Cummins y el desaparecido Guillermo Luksic. Esta selección es una suma de cuadros desde el 2011 hasta ahora. “Los dividí por series, de tres y cuatro obras de gran formato”.

—¿Cuánto tiempo inviertes para cada cuadro?
—La primera etapa de ‘configuración’ es la más larga. Es cuando estoy armando todo mentalmente. Eso puede durar más que el mismo proceso de la pintura, aunque también pasa que esa maqueta mental no funciona y me obligo a cambiar de ideas. Por lo mismo, trabajo cuadros paralelos… Podría decir que cada uno tiene un año de taller y también siento que es bueno ‘hacerlos descansar’. Si estoy enfocado en uno solo, pierdo la perspectiva.

—¿Por qué menos retratos a partir de ahora?
—Es algo que perseguía desde hace mucho tiempo, una motivación de niño, desde que prácticamente empecé a pintar. Tenía las herramientas adecuadas, pero no la experiencia. Ese momento de remitirme a estas escenas de opulencia, barrocas y excesivas, necesitaban madurez. Porque no es fácil configurar de una manera correcta y armónica lo que al mismo tiempo es un caos.

—¿De dónde sacas estas imágenes? ¿Lectura, cine, otras cosas?
—Posiblemente tenga un background visual en mi cabeza. He visto mil cosas, artistas contemporáneos, instalaciones, mucho cine y también animación japonesa. Incluso televisión con programas de animales.

—Y vas relacionando, concluyendo…
—Claro. Pero todo bajo el filtro de mi niñez, debo admitirlo. No es que mi infancia haya sido de puras fiestas y opulencia, pero hay símbolos que me remiten a ese mundo. Escenas del campo en Chillán, las matanzas de animales, las curtiembres y esa niña que aparece siempre en mis cuadros no es otra que mi hermana Rosario.

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—¿Por qué el campo y no la ciudad?
—Porque el campo está lejos de la sofisticación urbana y te lleva a esta cosa más primaria, donde es más fácil conectarse con lo propiamente humano.

—La elegancia de lo primigenio.
—Tal cual. Y es ahí donde aparecen estos recursos estéticos, bosques perdidos, escenas de cacería, un banquete para una jauría… Pero también hay una parte visceral que responde a lo que quiero provocar con el cuadro. ¿Quiero terapearme? ¿Es algo no racional? ¿Un antojo, un sentimiento? Ahí es cuando un cuadro comienza a tener vida.

—Todavía no cumples 30 años y ya estás en el Bellas Artes… Muchos artistas llegan casi al final de sus carreras.
—Pero me siento bien con eso. No es culpa de nadie (y se ríe antes de partir con la sesión de fotos).

—Llegaste de Alemania hace un año. ¿Quieres vivir fuera de Chile por un tiempo?
—Es una posibilidad. Después de la muestra tengo que viajar a Inglaterra, Italia y Noruega para encuentros con galeristas y coleccionistas. No es algo fácil para mí. En Alemania sentí el ahogo de querer regresar. La gente era agradable, pero no tenía que ver con mi forma de ser. Me sentí en corral ajeno.

—Prefieres tu casa. ¿Cuánto tiempo puedes estar pintando en el taller?
—Es variable. Pero puedo estar cuatro días encerrado, sin salir. Posiblemente ahí está mi hábitat.