Tenía apenas 18 años cuando, colorín y tímido le pidió prestada la cámara a su padre para obtener unos retratos de perfil de Jorge Luis Borgesen ese momento mito viviente de la literatura hispanoamericana y mundial. Era 1978 y Daniel Mordzinski estaba partiendo un proyecto, el “atlas humano de la literatura hispanoamericana”, uno que aún lo obsesiona. 

La premisa es simple, pero no por eso fácil. Retratar a la gran fauna de escritores de este lado del mundo, y en realidad de cualquier parte, es un reto para cualquier fotógrafo. Que una sola imagen, rasgo, semblante, expresión o pose pueda hablar por mil palabras es el trabajo de toda la vida de Mordzinski, a quien interceptamos en Bogotá y Ciudad de México para que nos adelante su visita a Chile, donde expondrá “Re/tratar la escritura” en el Festival Puerto de Ideas, el sábado 8 de noviembre en el Parque Cultural de Valparaíso. Allí desfilarán sus historias de los retratos a gigantes como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Osvaldo Soriano o Roberto Bolaño en un largo y arrollador etcétera que lo convierte en el retratista de escritores más prolífico del mundo. 

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“Cuanto más escritores retrato, más me faltan por fotografiar. He de reconocer que a veces, cuando imagino mi trabajo como un atlas, siento cierta frustración por tanta laguna. Pero al mismo tiempo me doy cuenta de que eso me da libertad y le confiere autenticidad. Abarcarlo todo es sencillamente imposible y me conformo haciendo lo mejor que puedo en la parcela que me tocó vivir”, explica. 

—¿Cómo logras entrar en la intimidad de seres muchas veces bastante poco sociables como las bestias literarias que has fotografiado?

—Creo que la clave es crear confianza con el retratado. A veces hay muy poco tiempo pero es importante que se sienta en confianza. Tal vez “intimidad” sea mucho decir, pero va por ahí la cosa. 

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—¿Cuál ha sido el más difícil de retratar?

—No lo quiero ni recordar… ¡Todavía estoy esperando a que termine de arreglarse!

—¿Qué elementos buscas enfocar cuando tienes a un escritor enfrente?

—Los que lo conectan con mi fantasía lectora. Me gusta pensar que eso me sirve para contar una pequeña historia a través de la fotografía. 

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—¿Cómo lograste retratar a Borges? ¿Cuáles fueron sus exigencias y cuales son las exigencias más extrañas que has recibido en tu trabajo?

—Con frecuencia me preguntan cómo empezó este proyecto de transformar en imágenes la cartografía literaria de mis sueños de lector y faltaría a la verdad si no reconociera que mi primera foto de Jorge Luis Borges fue El Aleph. Eso sucedió en Buenos Aires en 1978 y después me marché a París, donde vivo desde 1980. En esos treinta y seis años he tenido la oportunidad de conocer y retratar a centenares de autores, muchos de los cuales son además amigos.

—Qué escritores chilenos están en tu trabajo? 

—Adoro Chile, su gente, su naturaleza, sus autores, su cine… Por eso quiero seguir viajando y completando mi cartografía de sus letras. ¡Me quedan tantos autores por fotografiar! La literatura chilena es como Chile, infinita. Con Luis Sepúlveda me hermana una amistad de más de 20 años, juntos recorrimos la Patagonia, cruzamos el estrecho de Magallanes, buscamos al Golem en Praga, visitamos escritores que admiramos en cementerios de Moscú, conocimos a la vieja que leía historias de amor en Cayena, y acabamos de publicar Ultimas noticias del sur, donde reunimos historias de los viajes que nos llevaron de la Patagonia a Tierra del Fuego. No quiero parecer avaro en nombres y quiero citar también a Carmen Yáñez, Roberto Ampuero, Hernán Rivera Letelier, Alejandro Zambra, Andrea Maturana, Arturo Fontaine, Lina Meruane, Ramón Díaz Eterovic, Alejandra Costamagna, Carlos Franz, Jorge Edwards, Mauricio Electorat y pido disculpas por los que pueda olvidar.

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—¿Cómo operas? Tu trabajo consiste en cazar a estos escritores que quieres retratar… ¿Cómo los buscas y encuentras?

—Intento que ellos comprendan que estoy de su parte, que ambos estamos del mismo lado. Muchos fotógrafos intentan “cazar” una presa, pero a mí me gusta proponer un trato al re-tratado, caminar con él, compartir un café, una historia, a veces apenas una sonrisa o una inquietud. Digamos que busco la complicidad y que nunca hago trampa.

—¿Cuál es el pacto que acuerdas con los escritores para que ambos queden conformes?

—En mi caso, el del respeto me parece lo más importante. Para mí es esencial que el retratado sepa que no lo voy a traicionar. Que no voy a usar un gesto malo, una situación inoportuna para hacer una foto llamativa con la que seguro puedo alcanzar una portada. Eso no me interesa ni me parece ético. Si me he ganado cierto aprecio (y muchos buenos amigos) entre los escritores es porque saben que estamos del mismo lado, en la misma trinchera.

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—Tu conferencia en Puerto de Ideas se llama “Re/tratar la escritura”. Has dicho que “No hay nada menos fotografiable que la profesión de escribir”. ¿Cómo te enfrentas a esa premisa de trabajo?

—La mejor manera que encontré de sacar al escritor de su pose de escritor es proponerle otra pose que rompa con los lugares comunes de la literatura. Son las “Fotinskis”, imágenes rápidas, seguras y juguetonas. No siempre conozco a los autores que fotografío, a veces ni siquiera conozco su obra, pero siempre intento crear una intimidad, una conexión, una complicidad. Si el autor sabe, o intuye que ese retrato es un trato entre cómplices, entonces puede surgir una Fotinski.