Pilar Abel ya había superado los cincuenta años cuando le preguntó a su madre, Antonia Martínez: “Mamá, ¿es verdad que mi padre es Dalí?”. Ella, que estaba frente al espejo se quedó mirando fijo el cristal. Entonces, Pilar añadió: “Mira que era feo, ¿eh?”. Antonia respondió esta vez: “Tenía su encanto pero no voy a echar piedras sobre mi tumba”. 

Un día caminando con su abuela paterna por las calles de Figueres (un municipio de Cataluña), cuando Pilar tenía ocho años, se toparon con una imagen del artista —nacido en esa localidad—. La mujer le dijo: “Ese es tu padre”. Pilar se echó a llorar. Eso significaba que Juan Abel, el hombre a quien consideraba su progenitor no lo era. Y tampoco su querida Yaya, como llamaba a esta abuela. “Fue muy fuerte”, nos dice en el despacho de su abogado, Francesc Bueno, en Banyoles (otra localidad catalana) donde se realizó la primera parte de la entrevista con CARAS, a mediados de abril. La segunda, al día siguiente, fue en la cercana ciudad de Girona, donde Pilar vive desde hace más de veinticinco años.

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La niña, sin embargo, no le preguntó a su madre por el tema. A duras penas tenían relación. Sus padres trabajaban muchas horas fuera de casa y el ambiente familiar no era bueno. La Yaya Concepción fue quien la crió. 

Antonia tenía 16 años cuando se trasladó al turístico pueblo de Cadaqués para trabajar cuidando familias. La última donde se empleó vivía en la casa de Portlligat, donde Dalí y su esposa, Gala, se habían afincado. De hecho, la familia a la que servía trataba mucho al pintor. Aquella proximidad propició un affaire en 1955. Ella tenía 25 años, la mitad que él. La relación terminó cuando quedó embarazada, como ha atestiguado ante notario una mujer que cuidó a Antonia ya de mayor y a quien confesó su pecado de juventud. 

Tras saber que estaba encinta, huyó a Figueres. En esos tiempos ser madre soltera no era bien visto. Antonia consiguió reanudar su relación con Juan Abel, un antiguo novio. Cuando nació Pilar, el 1 de febrero de 1956, la pareja ya se había casado y él se convirtió en el padre oficial de la criatura. El matrimonio, que tuvo dos hijos más, fue un desastre: “nunca hubo cariño”, recuerda. 

Pilar sólo habló del tema esa vez con su madre recién en 2007. Ahora, dice es demasiado tarde para preguntar. “Tiene 86 años y sufre lagunas mentales”. Sin embargo, en sus momentos de lucidez habla de Dalí. Pilar recuerda una vez que fue a visitar a su madre y ésta la reprendió: “Haber subido más de prisa, tu padre acaba de salir en televisión”. 

Una de las preguntas que más le hacen los medios es si Dalí supo de su existencia. “No lo sé”, admite. Pero recuerda cuando, con 16 años, coincidían en el Astoria, un ateneo de Figueres, ella lo miraba y lo miraba.

—¿Nunca se atrevió a decirle nada? 

—No, no me atreví. Imagínate que yo pregunto y que me diga… ‘yo qué sé’… es muy difícil—, cuenta Abel.

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La niñez de Pilar no fue sencilla. Se sintió desplazada entre sus hermanos y se le reveló el “don de la clarividencia”, con el que se ha ganado la vida. Era la “rara” de la familia. A los 19 años se casó para huir de casa, su matrimonio tampoco fue fácil y se divorció casi dos décadas después con cuatro hijas a cuestas. Se mudó a Girona para empezar de cero pero estaba desamparada. “Si no dispones de medios económicos y estás mal, ¿cómo vas a contratar abogados? No podía”.

No hizo nada hasta el año 2006. Entonces trabajaba en una panadería y en una conversación sobre pintura, le contó a otro empleado quien era su padre biológico. Este hombre, Joan Escolar, y la propietaria del local, Mireya Oliveras, decidieron ayudarla a averiguar si realmente era su hija.

A partir de aquí la historia se vuelve surrealista.

Conseguir pruebas de las pruebas. En aquellos días, el trío se enteró de que iba a celebrarse una exposición de Robert Descharnes —biógrafo, representante legal y fotógrafo de Dalí— en Cadaqués. Pilar consiguió el contacto del francés a través de la Fundación Gala-Salvador Dalí, pero ahí cometió el primer error: dejó que Joan y Mireya se convirtieran en los intermediarios. Mientras esperaban que Descharnes les contestara, alguien que no quiso identificarse le envió a Pilar un trozo de una máscara que tres forenses intentaron hacerle al pintor tras su muerte. El molde contenía cabellos y restos de piel.  

Con aquella prueba, Mireya se ofreció a pagarle los análisis para cotejar la filiación. Pilar se sacó los cabellos y la saliva en su casa y su jefa envió las muestras a un laboratorio en Madrid. Según ésta, el centro determinó que faltaba información. 

Entretanto, Descharnes les contestó diciéndoles que algo sabía de una hija ilegítima. El también le pidió muestras de ADN para cotejarlas con las de una sonda gástrica que se utilizó en una de las últimas hospitalizaciones de Dalí y le pidió que viajara a París. 

Estamos en diciembre de 2007. Su madre ahora la apoya en el proceso. “Tira para adelante”,  le ha animado. El único temor de Antonia era que Pilar se reuniese con Descharnes. “Es como si le tuviera miedo”, nos dice con su penetrante mirada. De hecho, sospecha que la huida de su madre de Cadaqués fue a causa de un chantaje de Gala y el francés. Antonia, por cierto, detesta a la musa oficial del pintor. 

En París, Pilar se encontró con el hijo de Robert, Nicolás Descharnes, quien ahora lleva las riendas. Michael Rieders, el médico estadounidense que éste había contratado, le tomó las muestras de ADN. Joan (el panadero), la jefa y el marido de ésta la acompañaban. Nicolás la obligó a firmar un documento de confidencialidad sobre la reunión y la intimidó diciéndole que desconfiase de sus amigos, que no firmase papel alguno y que ningún abogado iba a ayudarla.

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Pilar no le hizo caso. Contactó una abogada, que al final no le sirvió, pero el panadero fue el primero de sus cercanos que la decepcionó. La obligó a firmar un documento donde accedía a darles un 2 por ciento de lo que obtuviese en caso de ser reconocida como hija de Dalí. Firmó pero, tras recapacitar, rompió su copia. “No estoy de acuerdo en dar nada que ni siquiera tengo yo”, argumentó. Cuando expiró su contrato, Mireya no se lo renovó.

Esta fue la peor etapa para Pilar pues los Descharnes tampoco le daban los resultados de las pruebas de ADN. En 2010 Nicolás le escribió un email diciéndole que el test había salido negativo y que si quería reclamar, acudiese a los tribunales españoles. Pilar no consiguió ver el resultado. Se lo reclamó al doctor Rieders, pero éste ni siquiera le contestó. Recientemente el diario The New York Times —que también se ha hecho eco del tema— contactó al médico, quien les dijo que las pruebas no eran concluyentes.

Pero “¿por qué nadie me muestra los resultados? ”, repite desesperadamente durante la entrevista. “Da que pensar”, interviene Francesc. 

El tema clave parece ser la herencia de Dalí. El Estado español es el heredero universal, pero de confirmarse la filiación, Pilar tendría derecho al 25 por ciento. De cara a calcular este porcentaje habría que agregar los legados y derechos de autor que mantienen los Descharnes, un tema que los tiene enfrentados en España con la Fundación Gala-Salvador Dalí, encargada de gestionar la herencia.

Ellos, por tanto, tienen mucho que perder. El caso deja muchas preguntas sin respuesta. ¿Por qué Mireya no pide una copia del test de Madrid, por qué ahora el panadero no le cede a Pilar el dossier con todos los emails intercambiados con los Descharnes? “Podría haber personas que estén respondiendo a los intereses ocultos de la parte francesa”, deja caer el abogado Francesc.

 —¿Podría ser que los Descharnes hubieran comprado el silencio de éstos?

—Ya no sé qué pensar (…) veo buitres por todas partes—, dice Pilar. Su encuentro con Francesc, a quien llegó de un modo surrealista, ha aumentado su confianza. Un desconocido que la reconoció por la calle —Pilar es popular por este tema y por un programa de predicciones que tuvo en la televisión local durante años— le quiso presentar a Albert Solà, el presunto hijo del rey Juan Carlos, quien también reclama la filiación. Tras conocerse, éste le recomendó a su abogado: Francesc Bueno, quien a sus 34 años, se ha atrevido con dos causas de tamaña envergadura. 

El abogado consiguió una copia del dossier del panadero y con dichas pruebas presentó una demanda de paternidad contra el Estado español en marzo.

Hoy, a sus 59 años, Pilar afirma “voy hasta el final”. Más que la herencia, lo que busca es “saber quién soy, saber la verdad”. Y, de paso, dice, “hacer feliz a mi madre. Ahora que se está moviendo este asunto la siento más animada”. Pilar se enteró de la muerte del artista —en 1989— mientras caminaba por la calle. ‘Se ha muerto el pintor’, escuchó, “me quedé paralizada”. No acudió a su funeral ni ha visitado su cripta en el Teatro-Museo Dalí, en Figueres. Le traumatiza recordar la imagen de Dalí en una camilla y entubado tras quedar herido en un incendio en el castillo de Púbol, donde está enterrada Gala, quien falleció siete años antes que el artista. CARAS entrevistó hace dos años al doctor Manuel Subirana, el neurólogo que trató al pintor a principios de los ochenta. A Pilar se le parte el corazón cuando le contamos el diagnóstico que le hizo el médico: depresión profunda, trastorno de conducta y síntomas parkinsonianos, esto último debido a una medicación incorrecta. “Eso es lo que no le puedo perdonar a mi madre, porque si ella hubiera hablado, tal vez él no hubiera estado sólo porque quizá yo me habría lanzado…”.

Cuando realizamos la entrevista, intuía que la demanda sería admitida a trámite en los próximos días. El día 16 de abril, un día después de nuestro último encuentro, un juzgado de Madrid la aceptó, si bien esperó hasta el 21 para notificarlo. A partir de esa fecha, el Estado español tiene veinte días hábiles para responder. Si no lo hace, se reconocerá la paternidad automáticamente. Si lo hace, se utilizará el trozo de máscara —que sólo Pilar sabe dónde guarda— para comparar el ADN. Si no es suficiente, se exhumarán los restos del artista, aunque también cabe la posibilidad de que lleguen a un acuerdo extrajudicial.

Hasta ahora, la Fundación ha optado por el silencio, de acuerdo a lo que nos dicen en su oficina de prensa. Pilar habló una vez con ellos y cuenta que se comprometieron a ayudarla si es que se comprobaba que era su hija. Para ellos, podría ser la manera de recuperar los bienes en Francia. 

Llamamos a Pilar para saber cómo se encontraba tras admitirse la demanda. “Tranquila, rara (…) después de tanto tiempo esperando (…) se ha hecho todo lo que se podía”. Ella cree que finalmente llegarán a un acuerdo.