“El Cirque du Soleil es como una gran familia”, asegura con su acento españolado el irlandés Patrick Flynn. De estatura media, bigotes, ojos vivaces, es el gerente detrás de esta suerte de tropel del nuevo milenio —que se desplaza por el mundo en aviones y no a caballo; que en vez de alojar en tiendas o motorhomes pernoctan en hoteles—. Una familia numerosa, donde sus 300 miembros —140 de ellos artistas— están obligados a trabajar juntos, en ordenadas rutinas diarias, y a vivir, comer y también a sobrevivir bajo el mismo techo de lona azul y franjas amarillas de la carpa más célebre del mundo. 

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“Solemos decir que somos como un pueblo pequeño, y en ese sentido yo sería el alcalde; aquí cada equipo sabe lo que tiene que hacer, cómo organizar su trabajo; hay directores de área para cada disciplina, pero yo soy el que coordina. Me paso la mayoría del tiempo averiguando detalles, distribuyendo el tiempo en minutos, el dinero en dólares, la gente en personas, todo muy bien contado, muy estudiado, totalmente estructurado”, asegura Flynn, quien alguna vez se contó entre los artistas del Cirque du Soleil hasta que un día, hace trece años, se dio cuenta de que tenía “más ambición que talento” y así comenzó su nueva historia.

Estamos en Buenos Aires, a pocos minutos de que empiece uno de los 18 shows que la compañía canadiense tiene alrededor del mundo. Corteo se llama esta obra y es la quinta que se presenta en la región (las otras cuatro fueron Saltinbanco, Quidam, Varekai, Alegría, que también pasaron por Chile). Un nuevo éxito que en Buenos Aires se exhibe a tablero vuelto, tal como ha ocurrido en cada una de las 52 ciudades en las que ha itinerado desde su debut en 2005, en Montreal, donde se encuentran las oficinas centrales de la compañía.

Se trata, eso sí, de una obra muy diferente, la primera que tiene por eje a la muerte, aunque más se trata de una celebración, “una historia de amor”, como diría Patrick Flynn. Un espectáculo que logró romper con un patrón que el circo llevaba y que ahora evoca a la Italia florentina del 1800, pero de un onírico y surreal estilo feliniano.

Saltinbanco, por ejemplo, era una locura creativa, de los ’90, con artistas callejeros. La gente que trabajó ahí terminó siendo muy parecida. O Quidam, muy introspectiva, un poco oscura, con temas complejos, y su gente es un poco así. Pero Corteo habla de amor. Es la celebración de la vida del payaso Mauro, el tiempo de su muerte, pero lo que revisamos aquí es su vida, sus grandes amores, sus amigos, los payasos con los que trabajó. Todo en el ambiente de circo que él tanto amaba”, dice.

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El corazón del espectáculo es el amor. Esta gira es amor, de hecho tenemos a un montón de parejas aquí. En sus 9 años de función este espectáculo habrá hecho unos 40 bebés; cada semana nos viene la noticia de otro nacimiento. Tiene sentido porque ésta es una comunidad donde todos son muy unidos, no en el sentido de salir los domingos de fiesta, pero entre ellos se cuidan, se apoyan, se quieren, se preocupan el uno por el otro. De todos los shows en los que he trabajado encuentro que Corteo es el más profesional”, asegura el gerente.

Porque, volviendo al principio, este circo funciona como una gran comunidad. Entre los 300 miembros que componen esta tropa, hay parejas, matrimonios, familias, niños. También profesores. Todo bajo la eficiente estructura de esta carpa que tan sólo necesita 10 minutos para levantarse y siete días para quedar totalmente operativa y lista para una siguiente función. Existen también costureras que funcionan eficientemente entre máquinas de coser, tijeras y carretes de hilo; pululan además fisioterapeutas, masajistas y un equipo de chefs capaces de preparar las más diversas comidas. Y sobre todo un experto en prevenir riesgos, de poner límites, de decir a los artistas hasta dónde, “aunque un circo sin riesgo no es circo”, como observa con su estilo pragmático el gerente Flynn. “Manejamos accidentes evitándolos; tenemos un equipo de prevención, y aunque en el mundo del circo el riesgo no se puede eliminar —de lo contrario dejaría de ser excitante—, el riesgo se gestiona; hay que ensayar mucho, un artista prueba un salto 400, 500 veces, hasta que finalmente pueda hacerlo sin pensar, hasta que se active su memoria cinética, que es la memoria más segura que tenemos porque aquí son los músculos los que saben lo que hacen”. 

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También tienen toda una estructura para detectar artistas de primer nivel; un equipo en Montreal —conformado por ocho personas— viaja permanentemente por el mundo visitando circos, campeonatos de gimnasia, para encontrar acróbatas, atletas e incluso gente especial, con determinadas características físicas. Para Corteo, por ejemplo, cuentan entre el elenco con un hombre gigante, un argentino de dos metros y 10 centímetros, que en la obra es amigo de una pareja de enanos que en la vida real se llaman Gregory y Valentina, que también son matrimonio. Más cercano a la normalidad es el rol de Mauro —el personaje central de la historia— que lo desempeña el payaso y músico español Manuel Lolo García. “Llegué aquí por accidente —asegura él—, no lo planeé. Yo soy de Granada, al sur de España, y un amigo me dijo del casting donde estaban buscando clowns y actores. Mandé un video justo el último día y sin apenas editar. Esa es una de las grandes maravillas de esta compañía: saben ver lo que necesitan y cuando lo encuentran, no temen decirte que te quieren, así es que me ofrecieron el espectáculo 

Similar es la experiencia del gimnasta Gabriel Christo. “Empece aquí a los 20, representaba a Brasil, fui a una competencia en Canadá y me vio un cazatalentos”. Ya lleva seis años y éste es su tercer show para el Cirque du Soleil. Su plan es retirarse a los 30. “Es un estilo de vida con muchos viajes, hoteles. Es exigente pero también muy especial. Me proyecto a cuatro años máximo. Después tal vez me vaya a vivir a Estados Unidos. Quiero poder tener un perro, mi casa, ese es el futuro que quiero ahora para mí”.