En el ático de Granada o en su departamento de Berlín, la violinista y escritora chilena Isabel Mellado, siempre lleva consigo un poema enmarcado de Jorge Teillier que le dedicó el poeta cuando ella era una niña y tiene, tal vez, algo de profético:

“… Que nueve loros partan a nueve continentes/ Para enseñar su nombre a la asombrada gente…”.

A los veintiún años se fue de Chile, con la imperiosa necesidad de perfeccionar el violín, conocer Europa y estar en Alemania, el país que le hablaba tantas veces su profesor de música.“Me hubiese ido incluso a nado. Tuve la gran suerte de ganarme una beca a Berlín, en una época fundamental: la caída del muro, la unificación”, dice.

Lo que más le gusta de la capital alemana, además de haber estudiado con el Concertino de la Orquesta Filarmónica, es su silencio y cierto carácter recio, entre fúnebre y paternal. “Por momentos me siento como un Johannes Brahms (o Clara Schumann) caminando por mi calle, los árboles sosegados, el canal a la orilla, cisnes y nadie a la vista. Berlín es entonces un delicioso pentagrama vacío”.

Sus primeros días en Berlín, recuerda que eran muy creativos. Se abstraía y se dejaba llevar por la intuición y las melodías de otro idioma. Pensar y sentir en otra lengua le dio frescura y asombro, incluso las frases hechas le sonaron menos hechas. La perspectiva le cambió completamente.

Sin embargo, España la subyugó. Después de diecisiete años en Berlín, Isabel quería vivir en un lugar luminoso, con sol. Granada es una ciudad con bastante vida literaria, y aunque la orquesta de esta ciudad es pequeña, sus músicos son de más de veintiún países. La tierra de García Lorca es hermosa y tanto el mar como la montaña quedan a sólo cuarenta minutos de distancia. “Granada es genial contrapunto a Berlín”, enfatiza, agregando: “el nivel musical en Alemania es alto pero se trabaja demasiado. Al ensayo le llaman Dienst: servicio. Me comenzó a sonar sospechoso y oficinístico aquello”.

—En Berlín ¿dónde trabajas cuando vas a esa ciudad?

—Trabajé en varias orquestas de cámara y de ópera, pero ahora, como ya toco en Granada en una orquesta, elijo en Berlín proyectos concretos, cortos, de música de cámara o ensambles pequeños. Me gusta utilizar el tiempo berlinés para estudiar y escribir.

Isabel oscila entre el barrio berlinés de Kreuzberg y el Realejo de Granada. Ambos son zonas céntricas y con mucha actividad cultural. Sin embargo, Isabel, “Soltera en clave de sol”, como se hace llamar cuando se le pregunta su estado civil, asume que es caótico vivir así entre dos lugares, pero es algo que eligió y no se queja. Según ella, esta forma airea su cabeza. “Muchas veces sueño que hago maletas, las lleno de lo más diverso y me cuesta trabajo cerrarlas por lo repletas que están”, ríe.

La música y la literatura siempre han estado en su entorno. Su padre es el poeta Carlos Mellado, ex presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, por lo que Isabel se crió “entre libros y poetas de voz aguileña y cutis de epílogo, ansiosos de honduras y asados con mucho pebre”, dice.

Recuerda a su padre organizando concursos de poesía en los que participaba ella y sus hermanos, y el premio eran unas galletas. Y cómo no, dice, escuchar cada domingo los conciertos por la televisión y después formar una orquesta de percusión con tarros de leche. Su madre al verla tan contenta, no dudó en inscribirla en el Conservatorio y se  salvó de ser un músico malogrado.

Isabel anhela componer música. Sabe sus limitaciones y el poco tiempo que tiene para ello. Es consciente de que es una privilegiada de tocar todavía en una de las capitales mundiales de la música.“Dedicarse a la música es como un sacerdocio”, señala. “Son muchas horas fuera del mundo, sumergidos en los compases, en notas que son pequeños universos, con sus órbitas y leyes propias”.

En el momento de tocar una obra, Isabel piensa que es esa la que más le gusta, luego la siguiente lo mismo y así infinitamente. “Menos mal que en mi profesión no debo elegir una obra, sería una elección demasiado difícil, aunque entre mis preferidos están Bach, Beethoven, Monteverdi, Ligeti, Stravinsky, Mozart, Shostakovich, Mahler y Schubert”.

“El perro que comía silencio” se llama su libro de relatos publicado en el 2011, en Madrid. Un homenaje al silencio y la música, quizá, señala, una manera de curar la mala conciencia del tiempo robado al violín.

Sobre el libro, Andrés Neuman dijo: “Pocas veces se tiene el privilegio de encontrar un primer libro capaz de transmitirnos tanto asombro literario, tanto placer del lenguaje. Un banquete de talento, humor e ingenio melancólico”. Y no se equivoca el autor argentino, el humor es fundamental en la escritura de Isabel, ya que lo considera una forma de creatividad, un sentido (un sexto sentido, como dice ella), que regala perspectivas frescas. “Creo que en mi escritura escarbo, muestro algunos momentos sombríos, entonces, gracias al humor voy abriendo pequeños claros en el bosque de la página”.

En México, tuvo el placer de ser invitada a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el mismo año del debut de su libro. Allí explicó que escribir cuentos es una manera digna de no tocar el violín, y que en sus relatos breves busca pequeñas preguntas, más que pequeñas verdades.

Siempre lleva consigo una libreta y un lápiz. A menudo, mientras está ensayando o duchándose, le vienen ideas, trata de fijarlas en la mente hasta terminar la actividad que estaba haciendo. “No necesito escribir los sueños para recordarlos. Mi memoria es más robusta en lo onírico y lo gustativo. Soy muy de imágenes. También trabajo a partir de huesos, así los llamo; frases como aforismos, o exorcismos que visto de carne narrativa”.

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—¿Cuál ha sido el aporte de la música al momento de escribir?

—Analizándolo ahora, en frío, creo que incorporé cierta visión animista a mis relatos, por deformación profesional. Alguien que pasa tantas horas con un objeto, su instrumento, buscando su mejor voz a través del violín, casi un ventrílocuo musical, deja de sentir por momentos las barreras entre lo inanimado y lo que no lo es. A veces percibo a mi violín más vivo que alguna gente que observo, incluyéndome. Quizá también en el tratamiento del lenguaje. Puedo pasarme horas buscando la palabra adecuada, como puliría una frase musical hasta quedar satisfecha.

Por estos días, Isabel está escribiendo una novela. Está muy entusiasmada. Sabe muy bien que quiere contar, pero en la manera en que quiere hacerlo, por el tratamiento del lenguaje, no va rápido. Sostiene que no llena páginas por día, tampoco lo desea.

Pasar del relato breve a una novela, no ha sido un salto. La cuestión es escucharse, aclara:  “No es que yo haya tenido de repente la idea o la ambición de escribir textos más largos. Lo que estoy contando necesita que me explaye, que tenga continuidad y un ritmo de novela”.

Lo único que Isabel puede adelantar de su novela, es que saldrá nuevamente la música, como fondo.