En 1995, Alfredo Jaar visitó la isla de Robben en Sudáfrica y conoció la cantera donde Nelson Mandela era obligado a sacar cal en trabajos forzados que dañaron su visión y sistema respiratorio. Tan afectados estaban sus ojos y lagrimales por el resplandor de la piedra caliza al sol que cuando fue liberado, tras 28 años de cautiverio, Mandela no pudo llorar de emoción. Para el artista chileno —radicado en Nueva York hace 33 años— esa escena es una metáfora de la sociedad actual “que pierde la capacidad de emoción al estar sometida a un régimen forzado de imágenes”.

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Dos años después, Jaar se enteró de la compra por una compañía de propiedad de Bill Gates de 17 millones de fotografías de diferentes archivos que lo convirtió en “el dueño de la iconografía del siglo XX”. Las imágenes fueron enterradas en una cápsula de conservación al interior de una mina de piedra caliza en Estados Unidos. Luego, el chileno supo de la compra por parte del Pentágono, un día antes de atacar Afganistán, de todas las fotos satelitales que hay en el mercado sobre este país, lo que provoca una falta de imágenes en los medios.

Esa fue el génesis de su instalación Lamento de las imágenes, adquirida por el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y que se exhibe actualmente en una de sus salas, al lado de la muestra de Björk. En ella, Jaar reflexiona sobre la sensibilidad dormida del espectador contemporáneo, saturado de información y de estímulos visuales. 

La obra es un laberinto de experiencias sensoriales que impacta a los neoyorquinos y remueve conciencias. En un primer recinto, relumbran las letras de tres textos. El primero alude a la citada ceguera que producía en Mandela el blanco de las minas de cal. El segundo, a las imágenes del siglo XX que la compañía de Bill Gates guardó en un búnker en EEUU. El tercero, a la adquisición por parte del Pentágono de los derechos sobre todas las imágenes de la guerra en Afganistán. El visitante atraviesa un pasillo y llega a una segunda sala, donde una pantalla de luz blanca enceguece al ojo humano por unos segundos, imitando la sensación que percibía Mandela durante los trabajos forzados. Esta poética y necesaria instalación hace meditar sobre una gran paradoja contemporánea: el bombardeo continuo e intensivo de imágenes provoca que el ser humano pierda la capacidad de reaccionar y de ser afectado por la realidad.

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En palabras del propio Jaar, Lamento de las imágenes “concentra la ceguera de la sociedad actual y la necesidad que tenemos de que se haga la luz sobre estos temas”. “Trabajo con una gran luz donde han desaparecido las imágenes. La pieza sugiere que hay que mirar al mundo, volver al original y no a las representaciones”, apunta el chileno.

La luz y las pantallas han sido parte importante de la obra de Jaar, célebre por intervenir Times Square en 1987 con una animación del mapa de EEUU y la frase “Esto no es América”. Actualmente, en la galería Lelong, ubicada en el barrio de Chelsea de Nueva York, el chileno exhibe otra instalación lumínica. Shadows es un homenaje al fotógrafo holandés Koen Wessing, quien con gran compromiso ético se jugó la vida al fotografiar la realidad social y política de Chile, justo después del 11 de septiembre de 1973, y de Nicaragua, durante la dictadura de Anastasio Somoza. 

Pero Chile no está representado por Jaar en Nueva York. ¿Entre los hipsters de Williamsburg, barbudos con camisa a cuadros y lentes de marco grueso, se puede poner de moda la arquitectura chilena de los años ’60? Es posible, ahora que el MoMA la destaca dentro de una histórica exposición. Para el tradicional museo de Nueva York la arquitectura latinoamericana entre 1955 y 1980 es excitante, creativa y emocionante. Proyectos utópicos y de vanguardia, como la construcción de Brasilia o el edificio de la Cepal en Santiago, fueron pioneros al utilizar el lenguaje moderno, el hormigón a la vista y la curva como símbolo del diálogo con la naturaleza y señal de identidad. Esas obras maestras se exhibirán en la muestra Latinoamérica en construcción: Arquitectura entre 1955 y 1980.

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Hace 60 años que el MoMA no organizaba una gran exposición de este tipo. En la década del 50, el museo emplazado a pasos de la Quinta Avenida presentó una muestra sin precedentes que alabó los logros arquitectónicos de América Latina entre 1945 y 1955. Ahora, se pone al día. La nueva exhibición se centra en un período marcado por la experimentación y reúne obras de Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, México, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico. Luego de cinco años de investigación en archivos de estos once países, estará compuesta por maquetas de gran formato, junto a más de 500 dibujos, diseños, fotografías y películas, que nunca antes se habían visto en conjunto. 

De Chile, se expondrá el edificio de la Cepal de Santiago (1962-1966), de Emilio Duhart; obras de la Ciudad Abierta de Ritoque de la Escuela de Arquitectura de Valparaíso (1971); y el Monasterio de los Benedictinos de Las Condes (1962), de Gabriel Guarda, Martín Correa, Patricio Gross y Raúl Ramírez. También estarán presentes la Villa Portales (1954-1966), de la oficina de Fernando Castillo Velasco; las casas de Juan Ignacio Baixas —coautor del Museo Interactivo Mirador— y el edificio Copelec, Cooperativa Eléctrica de Chillán (1962), de Juan Borchers, entre otras.

La sede de la Cepal, ubicada frente al Parque Bicentenario de Vitacura, es un estilizado ícono de la modernidad de los ’60, con marcada influencia de Le Corbusier. Contemporánea a la creación de Brasilia, la sobria construcción sigue el curso del río Mapocho y en el techo sobresale un caracol, que dialoga con el cerro Manquehue y la Cordillera de los Andes. “Es uno de los diseños más originales de la época. Por otra parte, la Cepal como institución era el centro de pensamiento de la economía del desarrollo, una de las teorías fundamentales que colorea todo el período y cuyos principios se aplicaban en forma directa o como resistencia en todo el continente, desde Cuba a Chile”, dice Barry Bergdoll, curador de arquitectura del MoMA.

Emilio Duhart (1917-2006) —su autor, junto a Roberto Goycoolea, Christian de Groote y Oscar Santelices— utilizó el paisaje cordillerano como telón de fondo y, con osadía, forjó en él rasgos de identidad local. El caracol del techo, por ejemplo, tiene impresos en el hormigón dibujos en bajorrelieve, creados por el propio arquitecto, que cuentan la historia de América Latina desde la Prehistoria hasta la construcción de Brasilia y acompañan el recorrido ascendente en espiral. Duhart trabajó con Le Corbusier, fue influido por él, pero, a su vez, generó una arquitectura autónoma. El fallecido Premio Nacional de Arquitectura 1977 tenía 50 años cuando construyó la Cepal, su gran obra, junto al actual Aeropuerto de Santiago, la iglesia del Verbo Divino y el colegio Alianza Francesa. 

El edificio también tiene un cariz político. Santiago consiguió ser sede de la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe por la gestión de Eduardo Frei Montalva. El jurado del concurso arquitectónico fue de nivel internacional. Wallace K. Harrison, constructor del Rockefeller Center, y Phillip Johnson, arquitecto del MoMA, eligieron finalmente el proyecto de Duhart como ganador. Precisamente, la nueva exposición del MoMA tendrá planos, fotografías y documentación inédita del proyecto.

De Chile también se destaca la Ciudad Abierta o Amereida, fundada en las dunas de Ritoque por el poeta argentino Godofredo Iommi y el arquitecto Alberto Cruz. Campo de experimentación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, en sus arenas se levantan hasta hoy construcciones orgánicas, hechas con materiales y formas poco convencionales. “Exhibiremos su cementerio porque muestra una relación muy poética con el paisaje, el valor del trabajo hecho a mano en la arquitectura y una dimensión espiritual del modernismo. También su proyecto de sala de conciertos y una propuesta para la Academia Naval, un diseño extraordinario muy poco conocido”, adelanta Bergdoll.

Otro representante local es el Monasterio de los Benedictinos de Las Condes. De líneas abstractas y de color blanco impoluto, fue creado por monjes de esa congregación y arquitectos de refinada sensibilidad que adscribían al estilo Bauhaus. “Es una de las experiencias más espirituales de la arquitectura moderna. El uso de la luz natural y su composición geométrica son impresionantes”, apunta Bergdoll.

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Para el curador, entre 1955 y 1980 en el continente se crearon proyectos sorprendentes pero que han sido excluidos hasta hoy de los anales de la arquitectura moderna, dominada por Europa y Estados Unidos. “Esta exposición es una corrección histórica”, sentencia.

A su juicio, actualmente Chile es uno de los países más productivos e innovadores de América Latina en arquitectura: “Por desgracia, mucha de ella son casas particulares y no es lo primero que uno ve al llegar al país”. “Smiljan Radic fue elegido para diseñar el pabellón Serpentine en Londres. Esa es una prueba de la fama internacional de la actual generación de arquitectos chilenos. Hemos incorporado el trabajo de Radic, Pezo, Von Ellrichshausen y otros a la colección del MoMA, y estamos muy emocionados y estimulados por nuestra asociación permanente con la oficina Constructo, de Jeannette Plaut y Marcelo Sarovic, para organizar YAP, un concurso anual de jóvenes arquitectos en Santiago”, explica Bergdoll.

“Estamos en un nuevo momento de alza en muchos países y hay similitudes con el período que estudiamos en la exposición, a pesar del declive del sector público, a excepción de Curitiba y Medellín. La gran arquitectura de hoy es más un producto del sector privado, pero también persiste pensamiento y diseño sobre temas urgentes, como la vivienda social, pensemos en el chileno Alejandro Aravena, que hemos expuesto en el MoMA. Estos trabajos tienen su origen más primigenio en el período que abarca la exposición”, remata Bergdoll.