Considerado uno de los cien personajes más influyentes del mundo, la figura de este grafitero es un misterio. Nadie conoce su nombre ni su rostro, pero sus obras han transformado el arte contemporáneo.

Una mañana de mediados de octubre de 2003, un hombre de barba, abrigo y sombrero blanco pasó frente a los guardias de seguridad de la famosa galería Tate Britain, en Londres, y se dirigió a la sala siete con una gran bolsa de papel en la mano. Con sigilo caminó hacia uno de los muros del salón y ahí, entre un paisaje al óleo realizado en el siglo 18 y el marco de acceso a la siguiente sala, sacó de la bolsa un cuadro de su autoría y lo pegó en la pared. Después desapareció.
La hazaña la difundió en internet y meses más tarde la repitió en el Museo Louvre de París y en los museos Metropolitano y de Arte Moderno de Nueva York y así, dejando sus obras entre las colecciones más prestigiosas del mundo, dio vida a su propia leyenda: la leyenda de Banksy.
La identidad del artista es un misterio. Nadie sabe su nombre real ni ha visto su rostro. Sin embargo, en 2010 la revista Time lo incluyó en la lista de los 100 personajes más influyentes del planeta, al lado de Barack Obama, Steve Jobs y Lady Gaga. Y su perfil fue ilustrado con una fotografía que muestra un hombre con una bolsa de papel en la cabeza. Se dice que fue el propio artista quien mandó esa imagen cuando la revista pidió su retrato.

Pero Banksy no apareció en el listado de Time sólo por desafiar a las instituciones culturales sino por el papel que ha jugado en el territorio del arte urbano.
Su fama, nos explica el investigador Will Ellsworth-Jones, se debe a que ha logrado “legitimar” el grafiti y las creaciones callejeras.
—Gracias a Banksy el arte urbano y de la calle ha sido incluido en museos y subastas de arte, donde las piezas llegan a venderse por cientos de miles de dólares —dice.
Quien habla con nosotros es el autor del libro The Man Behind the Wall, la biografía no autorizada del artista y también el único que ha seguido su carrera desde que en los noventa comenzó a grafitear.
A decir del escritor, no fue nada fácil seguir la huella de este escurridizo creador. Banksy, por supuesto, se negó a ser entrevistado. Lo mismo sucedió con algunas de las personas que lo conocen o que han trabajado con él en las calles de Inglaterra.
Aun así, el investigador se sumergió en el mundo del grafiti y decidió unir las piezas del rompecabezas hasta mostrar, en lo posible, la historia de este artista que ha ideado imágenes llenas de crítica social e ironía.

POLICÍAS ORINANDO, BESÁNDOSE EN LAS CALLES O INHALANDO LARGAS LÍNEAS DE COCAÍNA. Mona Lisas sujetando bazucas, niñas con granadas, presos torturados, monos con corona de reina y ratas delincuentes. Así es el universo de imágenes creado por Banksy para hablar en los muros de racismo, pobreza, guerra e injusticia y cambiar, de súbito, la forma en la que el mundo entero percibía los rayados y el grafiti.
La transformación ha sido radical. Al menos en Londres, donde su última creación —un niño cosiendo banderitas inglesas— fue protegida por los vecinos con una cubierta de plástico para evitar que la “obra de arte”  se ensucie o dañe con el polvo y la lluvia.
Pero, entonces, ¿quién es Banksy? Will Ellsworth-Jones no lo sabe y asegura que nunca pretendió desenmascararlo con su investigación. De hecho, aclara que Banksy tomó la decisión de esconder su identidad para protegerse de la ley y de las fuerzas del orden que prohíben pintar las paredes callejeras con spray.

Hoy que cualquiera de las grandes capitales quisiera tener un Banksy, sólo el Daily Mail se ha atrevido a ponerle un nombre y una cara: Robin Gunningham, un callado personaje que nació en 1973 en un hospital de Bristol, al suroeste de Inglaterra.
La información apareció con una fotografía en la que se observa a un hombre de cabello rizado que viste de jeans, camisa azul y lentes oscuros, que Banksy desconoció por completo para recuperar, así, su anonimato.
Sea o no Robin Gunningham, el artista cuenta con Brad Pitt, Angelina Jolie y Cristina Aguilera entre sus coleccionistas más célebres.
Los expertos piensan que la fiebre por vender un Banksy en el mercado del arte se incrementó a partir del 2006, cuando la casa de subastas Sotheby’s vendió —en 80 mil dólares— un juego de impresiones hecho por el grafitero al estilo del famoso retrato de Marilyn Monroe, de Andy Warhol. Sólo que Banksy usó como modelo de su obra a Kate Moss.
De ahí vendrían otras piezas hasta la memorable subasta del 27 de abril de 2007, cuando la obra Space Girl & Bird —una pintura realizada con espray sobre lámina de acero— se vendió en más de medio millón de dólares. Veinte veces más de lo esperado.
Resulta irónico, pero es gracias a los museos y a las casas de subasta del mundo capitalista, que Banksy siempre ha criticado, que hoy podemos apreciar muestras de su trabajo.

Y es que la gran mayoría de sus obras de grafiti se ha perdido. Muchas fueron cubiertas de pintura por los encargados del aseo de la ciudad tras considerarlas obra de vándalos. Otras fueron alteradas por artistas rivales o robadas por fanáticos que deciden cortar el trozo de muro donde está la obra para después revenderla en eBay por cientos de miles de dólares.
Actualmente es difícil ver una creación de Banksy en las calles londinenses. Sin embargo, el grafiti está más vivo que nunca y son decenas los artistas callejeros que están dejando su huella en la ciudad.
En una de las raras entrevistas que ha concedido por correo electrónico, Banksy expresó que el arte atraviesa por una nueva época.
“Ya no es necesario ir al colegio o andar por la vida enviando ejemplos de tu obra a galerías de lujo. Tampoco hay que dormir con alguien poderoso para que tu trabajo tenga difusión. Lo único que hoy se necesita es tener una idea y una conexión a Internet. Es la primera vez que el mundo burgués del arte le pertenece a la gente”, dijo.

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