¿Qué hace un hipopótamo en la casa de la Lily? El escultural paquidermo parece totalmente a sus anchas sobre la mesa de la terraza. Fue amor a primera vista, la actriz se lo trajo a vivir con ella, y como la lluvia podía arruinar su vibrante colorido, lo trasladó al espacio techado donde ahora el animal nos mira con el hocico abierto. El teléfono suena, el timbre también, Raoul sube y baja las escaleras, enciende la estufa, nos sirve té. Y ella, sentada en un gran sitial igual que una reina, feliz.

Lleva un sweater anaranjado, jeans, zapatillas y nada de maquillaje, a excepción de sus uñas rojo furia y el pelo intenso. La noche anterior fue el estreno de su última obra Sinvergüenzas deluxe, en la que además debutó como autora. Estuvo un año entero escribiendo lo que durante largo rato capturó en sus idas al gimnasio, material invaluable para una observadora como ella. Antes remeció las salas al dirigir obras como Monólogos de la vagina, Cinco hombres.com y Sinvergüenzas. Pero nunca, nunca, había osado escribir su propia obra.

“Es impresionante, pero la gente me cuenta todo; me hablan cosas de su vida personal más íntima”. Así, entre las clases de aeróbica y bicicleta, se enteró de las penas de un ejecutivo joven, recientemente desempleado, que le hablaba de lo terrible que era para él estar pedaleando, mientras su señora a esa hora trabajaba en la oficina. O la del personal trainner cuya novia de repente se casó con otro. Historias de amores, de ex amantes.

“Se fue armando una trama y me pregunté: ¿por qué no escribir algo que se llamara Sinvergüenzas ABC1? Empecé a carburar y los personajes prácticamente se escribieron solos”.

—En la obra está la historia de un actor sin trabajo que presta favores sexuales a mujeres maduras… ¿eso también lo vio en el gimnasio o viene más de cerca?

—Esa es la única parte que no escribí yo; pertenece a un autor uruguayo, que hizo la continuación del primer Sinvergüenzas. Aunque conozco a un actor que fue muy galán con las mujeres y recibía a cambio regalos estupendos.

—Claro, pero si a una mujer la llenan de regalos, es prostituta; ellos en cambio, son machos…

—Pero la palabra puta ya no existe. En el diario, por ejemplo, ves que algunas salen con un conocidillo, luego con otro y así con tal de figurar. Una especie de soy bonita, tengo algo para ofrecer, ¿qué me das tú?  Y eso es a todo nivel, aunque nadie lo dice, se hacen los tontos. Por algo los moteles están llenos a la hora de almuerzo. Una en cambio, se casaba virgen…

—Bueno, los tiempos son otros…

—Claro, el hombre está mucho más asustado; siente que ellas han ganado poder, que se paran en sus patas, que son capaces de hacer cosas y sacar adelante  sus propios proyectos. Ya no nos sometemos y cuando eso ocurre se produce un quiebre…

—¿Qué la motivó a hablar de los hombres?

—Encontré que era más entretenido, además que son más tiernos. Hasta haciendo negocios son como niños jugando Metrópolis. Trabajar con ellos es fácil; son más frontales, me gusta eso.

Se queda pensando y agrega:

—Finalmente la premisa central de la obra es que en Chile son muy pocas las personas que se pueden permitir no tener máscaras; casi nadie se atreve. En los estratos altos, por ejemplo, siento que causo rechazo, se me acercan las puras mujeres, mientras los hombres están a la defensiva…

‘‘No, ella es artista, de izquierda, peligrosa, colorina, deslenguada’,  dirán. Una serie de prejuicios’’.

—¿Entonces ellos recurren a las máscaras?

—Sí, mientras nosotras nos hemos permitido ser más libres, el hombre siente que se le está moviendo el piso. Pone sus metas más en lo material que lo emocional, ama más su negocio que a su señora y por miedo a fracasar se coloca el escudo, porque está más desprotegido. Se pregunta qué posiciones ha escalado porque eso lo identifica, pero no piensa cuánto ha crecido su alma. Y no sabe cómo lo va a afectar la situación mundial.

—Y en las relaciones de pareja, ¿qué ocurre?

—Estamos todos pisando sobre terreno resbaloso. Además, ahora las mujeres son más intolerantes, exigentes y ante cualquier cosa, chao. En mi época uno se la jugaba más, por los hijos. Como buena italiana, para mí lo más importante siempre fue la familia. El matrimonio no es fácil, tiene subidas, bajadas, odio, amor, pero es un camino.

—Y sus casi cinco años con Raoul, ¿qué tal?

—Muy bien, y lo agradezco. A estas alturas, tener una pareja que te quiera, que se dedique a ti y te demuestre que todo lo que haces le importa, es un regalo. ¿Cuántas pueden decir lo mismo? Tengo amigas maravillosas que están solas.

—Pero ya son varios años, pelearán también…

—Los pocos encontrones que tenemos son por trabajo. Pero cuando eso pasa le digo: mira, si esto nos va a costar nuestra relación, prefiero que dejemos de trabajar juntos.

—¿En qué cosas chocan?

—Lo que pasa es que él es muy ordenado y yo tengo una locura caótica. Es el ejecutor, yo el motor, pero a veces se le pasa la mano y le hace falta un poco de delirio; entonces vienen los encuentros. Además que como buen hombre, es de los que nunca puede fallar, en cambio a las mujeres nos da igual, porque estamos acostumbradas a que nos digan que hacemos mal todo. Nuestros padres nos educaron para los ‘no’: no haga esto, no haga lo otro.

—¿Así la criaron?

—Yo era una alumna de 6.5, muy buena en matemáticas, podría haber sido ingeniera, abogada, lo que hubiera querido porque el puntaje me daba… Pero si me sacaba una nota buena, mi papá me decía ¿y por qué no un 7? Aprendí a escribir a los cuatro años y hace poco una de mis hermanas encontró una carta mía de aquella época. Decía: Papá, yo te quiero mucho y siempre voy a ser la niña que tú quieras que sea. Cuando la leí llamé a mi sicóloga llorando. ¡Me marcaron con eso! Y ésa fue mi manera de plantarme también frente a las relaciones. Todo el mundo empezó a decirme que florecí cuando quedé viuda y es cierto, porque viví en función del padre de mis hijas. Hasta que de pronto me vi sola y pensé ¿qué hago? ¡Párate en tus patas pues!

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—Lo más bien que lo logró.

—Demostré que era capaz. Empecé a dirigir, a producir también, porque antes lo hacía con mi marido, con él a cargo; yo siempre estaba muy debajo…

—Aunque leí que Hugo la impulsó a que corriera sus propios riesgos, que se atreviera…

—Sí, pero de repente también me tiraba fuerte para abajo, daba y quitaba. Recuerdo que estábamos recién casados cuando me dijo: no quiero que hagas más teatro… Ok, entonces nos separamos, le contesté. Nunca más se tocó el tema. Imagínate, él era director y yo la mejor alumna de la escuela de mi generación.

—Ahora que usted dirige y escribe sus obras, ¿qué cree que habría dicho él?, ¿no la pena Miller de vez en cuando?

—Hablo mucho con él y le pido que proteja a mis hijas; creo en el ‘más allá’ y pienso que la gente no se muere del todo. Pero más que nada, lo siento como una presencia en ellas, eso me encanta; cada una sacó parte de su talento. La Daniela es fotógrafa y heredó esa profesión de su padre, quien llegó a tener 14 cámaras; también es la más dulce, algo que mi marido tenía, pero que no se permitía tanto. Moira es aperrada, trabajadora, establece unos nexos con sus alumnos extraordinarios. Y Vanesa es talentosa y obstinada, igual que Hugo, que no hacía concesiones, jamás pedía nada. Pero también te diría que es la que más se parece a mí, tiene mi locura.

“CUANDO RECIÉN NOS CASAMOS, LE DIJE: TE QUIERO DAR UN HIJO, ARRENDEMOS UN VIENTRE”, lanza ahora la Lily como si nada, cuando retomamos el tema de su matrimonio  con Raoul y de cómo es el amor cuando se tienen sus años.

—¿Perdón? Casi se me dio vuelta el té…

—Jajajá. Eso mismo me contestó él, pero le insistí: No has tenido hijos, yo podría criar uno, pero que sea tuyo; busquemos una mujer que esté dispuesta a tenerlo. Para evitar el escándalo me pongo un almohadón y digo que es un milagro. ¡La Liliana Ross embarazada!

—Portada segura. ¿Qué le dijo él?

—Por supuesto hizo un análisis mucho más racional: pero Lily, cuando lo vayamos a buscar al colegio, le van a decir ahí vienen tus abuelos; imagínate nosotros cambiando pañales, no podríamos viajar y cuando entre a la universidad capaz que estemos en el hospicio… (se ríe).

—Su oferta fue un tremendo acto de amor. Raoul no tuvo hijos.

—Sí, aunque crió a muchos de amigos en Estados Unidos y que aún lo adoran. Hasta se los llevaba en auto al trabajo, cuando hacía clases en la Universidad de Los Angeles.

—Usted reconoció a CARAS que se casaba enamorada como una quinceañera…

—Y lo sigo estando. Nuestro jugueteo sensual, emocional, no ha terminado, seguimos en eso…

—CON LOS AÑOS LA VIDA SEXUAL CAMBIA…

—No fíjate no ha cambiado nada… ¡por suerte! (muerta de la risa, golpea madera). Y aunque reconoce que a veces anda con la cara lavada y jeans, muy luego dice no, ahora me voy a vestir de señorita, no puedo estar como carretonera.

—Los maridos también tienen sus días…

—Ah, pero cuando Raoul está obcecado y se mete para adentro, como moai, le hago bromas, me disfrazo, cosas que yo sé que lo desestructuran y que botan el muro de Berlín. Además, todavía nos damos espacios para salir, viajar.

—La seducción, ¿cómo es?

—Bueno, ya no es ese deslumbramiento del primer momento, cuando estás lejos de la otra persona y el corazón late cuando te llama. Es un caminar juntos, agradecer y estar contentos. Además, nunca me vi sola después que enviudé.

—Mientras estuvo casada con Miller, ¿se sintió sola?

—Sí, creía que no era una prioridad para Hugo. A pesar de que era bastante mayor, me convertí en su madre; todas las cuentas, los colegios, la casa funcionaba sin él pero no sin mí, y todo para que pudiera hacer su carrera brillante. Y cuando necesité terapia —porque me di cuenta de que mi relación me costaba cara—, le pedí que fuéramos juntos. La primera sesión fue muy fuerte, le gatilló cosas tan potentes que a la siguiente no llegó, no fue capaz. Le insistí, le dije que era importante para mí. Sí —me contestó—, pero para mí es mucho más importante mi trabajo y lo que hago. ¡Ahí sí me sentí sola!

—Hoy en cambio, la historia es otra…

—Totalmente al revés; a veces incluso me siento culpable porque encuentro que Raoul se ha entregado mucho a mí. No quiere que estemos separados. Y, la verdad, tampoco veo ya mi vida sin él. Por eso me alegró tanto cuando me fui a sacar el tarot y me dijeron que nos íbamos a ir muy juntos de este mundo… ¡qué bueno!.