Como si fuera un personaje de los cuadros de Modigliani: altísima, delgada, de ojos grandes y penetrantes, Soledad Saieh parece estar lejos de ese karma de ser la hija de… Sencillamente se concentra en las preguntas y responde segura, sin maña. Sabe que su formación como ingeniera comercial (UC), master en business (Massachusetts) y con postgrados en filantropía y donaciones, la respaldan. Hace mil cosas a un tiempo: habla por su Blackberry, bromea con sus amigas y socias, dirige la mirada gatuna hacia la cámara y saluda a los galeristas que la ven pasar por Alonso de Córdova.

Tiene una energía única. No importa donde esté: si a cargo de la Fundación CorpArtes de Nueva York o integrando el directorio de la Fundación Belén 2000 en Santiago. La segunda de cinco hermanos, hija del empresario Alvaro Saieh —dueño del consorcio Copesa y controlador de CorpGroup—, y de la arquitecta Anita Guzmán, Soledad, después de terminar ingeniería, partió a Nueva York para trabajar en las empresas familiares, en las áreas de gestión, responsabilidad social y estrategias. Pero, entre las salas de arte del Soho y el East Side, descubrió que su pasión también iba por el lado de la cultura.

Participó de la creación del Festival de Cine Sanfic y se concentró en el mundo de las adquisiciones, subastas y coloquios especializados de arte universal y latinoamericano. Una vez en Chile, desde abril pasado, decidió que lo suyo sería constituir —junto a las galeristas Florencia Loewenthal, Elodie Fulton e Irene Abujatum—, la primera feria de arte chilena de alcance internacional. “No fue algo que hice sola. Todas aportamos ideas porque de verdad creíamos que era necesario hacerlo”. Su experiencia en la Fundación CorpArtes, con sede en NY, hizo las cosas más fáciles.

—El gusto por el arte parece estar en el ADN de los Saieh…

—Mi papá es coleccionista y mi mamá estudió literatura. Yo partí trabajando en otras cosas, donde me sentía más útil. Después, con mi padre quisimos organizar una fundación que tuviera mayor alcance… La educación también es tema importante para nosotros.

—Y se fue a Nueva York.

—La idea partió en Chile, pero en 2005 decidimos que debía estar allá por un tema de intercambio. Fue una decisión estratégica: era la mejor forma de obtener cosas.
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—Para el Ch.ACO se asoció con tres amigas. ¿Cómo surgió eso?

—La verdad es que nos conocemos mucho. Florencia tenía la idea de hacer una feria, pero era un concepto muy distinto al que finalmente llegamos. Fuimos conversando las cuatro y decantando las cosas. Hasta que logramos que 20 mil personas llegaran al Club de Planeadores de Vitacura a esta primera versión.

—¿Fue difícil conseguir apoyo del gobierno y de privados?

—Instalar un concepto nuevo no es fácil. Aun así, creo que a nivel institucional y de los participantes de la industria del arte, fue súper bueno. Todavía recuerdo cuando dimos el vamos, luego de un desayuno con los galeristas y todos nos dieron su apoyo. Imagínate: estábamos en un año de crisis… era doble riesgo.

CRECIÓ CON EL ARTE. CHICA VIBRÓ CON LA ÓPERA.

“La música siempre estuvo en mi casa… Más que de una corriente artística en particular, mi infancia estuvo rodeada de muchas expresiones”. En algún momento pensó en dedicarse a la fotografía o a la escultura, pero a poco andar sintió que era mejor con la cabeza que con las manos.

“Me gusta la planificación, la estrategia, la gestión. Por mi background como ingeniero comercial, me puedo dar cuenta de que es un lujo dedicarme a las artes en lugar de los negocios”, dice mientras cruza sus largas piernas. Fue en 1998, después de su primer postgrado en Boston, cuando sintió que se revelaba en ella una nueva forma de ver las cosas. “Como estudiante viajé, mochileé y tenía acceso a todo muy barato. Consumí mucho arte de manera democrática”. Entonces se dijo: ¡Por qué no dedicarme a algo así de ahora en adelante!

—Además del gusto por la creación, ¿qué otros rasgos comparte con su padre?

—El emprendimiento, la perseverancia, el trabajo como una virtud, lo correcto… hay que ser capaz de decir con total claridad si algo está bien o está mal. No se trata de ser mandón, sino establecer bien las reglas. También la generosidad, el altruismo. Mi papá es así… pero no sé si yo he llegado a todo eso.

—El prefiere mantener un bajo perfil, ¿usted?

—Pensamos que las acciones hablan más que las palabras. Es una buena definición del espíritu familiar. Mi papá es una persona que hace lo que le gusta y trata de hacerlo muy bien. Lo demás es accesorio.

—¿Por qué en la sociedad chilena cuesta tanto vender arte?, ¿falta que la gente aprenda a apreciarlo y que las empresas apoyen?

—Hay varias aristas. Primero, cierta cosa de elite que, finalmente, hace que mucha gente lo rechace. Obviamente, las personas no aceptan lo que no conocen… el fútbol le gusta a tantos porque todo el mundo lo entiende. Por otro lado, tenemos una educación muy doctrinaria y los artistas salen de las universidades como si fueran parte de una anti-institucionalidad.

—Si pudiera cambiar las mallas curriculares de los colegios desde el punto de vista del arte, ¿qué haría?

—Le daría un sentido de más experiencias, de ver más exposiciones, de mojarse con los actos creativos. Haría cosas más vivenciales porque el arte, al final del día, siempre es un sentimiento.

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—¿Son buenas las políticas públicas de apoyo?

—Nada es suficiente. Yo haría un ministerio macizo, más de patrimonio que de arte.

—¿Qué es lo peor que le ha pasado a Chile en términos culturales?

—Haber destruido la arquitectura antigua, como lo que sucederá con el lugar donde hicieron este año Casa Mater, me parece grave… La cueca brava está de moda porque un par de personas se pusieron con todo ¡Es increíble que las mejores obras de arte chilenas estén en el extranjero!

—¿Cuáles son sus artistas favoritos?

—¡Qué difícil! No me gustan esas preguntas. La industria es pequeña y no hay que levantar malos ánimos.

—Usted es como un huracán, de allá para acá. Un ritmo que no podría llevar estando casada, ¿no?

—Soy soltera. Así están las cosas (y lanza una carcajada). Pero ahora estoy pololeando… con un chileno.

—¿Por eso también la vuelta a Chile?

—No. Para nada. Al ‘guapo’ lo conocí después de mi regreso.