“¿Por qué tienes carita de pena y estás tan delgada?”. El hizo esa pregunta y ella, que estaba pasando por un momento malo, le contó.

Estaban solos en una sala de danza en la Escuela Moderna de Música, en Vitacura. Eran alumnos de un taller de baile y se habían conocido en la clase apenas veinticuatro horas antes.

El azar está presente en las historias de amor y en la vida misma. Pero en ocasiones, las casualidades parecen torcer el destino de la gente, como le sucedió a Angel Torrez y María José Serrano: sin una trenza de situaciones fortuitas, jamás sus mundos se habrían mezclado esa tarde de noviembre de 2004.

Chilena de 22 años. Su vida había transcurrido entre el colegio Cumbres y la Universidad Finis Terrae, donde recién se había retirado de la carrera de Arquitectura. Fina y de apariencia endeble, lo tenía todo. Ella, sin embargo, se sentía triste. Trataba de mantenerse ocupada con un diplomado de fotografía en la Universidad Católica y, por consejo de su madre, se inscribió en el curso de baile. Y ahí encontró a Angel, que después de escucharla, esa tarde le replicó: “¡No entiendo tu tristeza! ¿Quieres que te cuente mi historia?”.

Wp-angel-450-2

Angel relató que 38 años antes había nacido en Coroico, un pueblo sencillo del centro de Bolivia. Era el menor de los siete hijos de una pareja de agricultores pobre y de piel morena que intentaba sobrevivir cultivando naranjas y café en el patio de su casa. A los cuatro años —contó mientras María José lo miraba con ojos inmensos— perdió a su mamá. A los 12, a su papá. A los 13, decidió marcharse solo a La Paz, sin ayuda de nadie. Siendo todavía un niño durmió en la calle y conoció el lado más cruel de la miseria. A los pocos meses fue a Cochabamba, donde llegó a ser junior de una familia con dinero. Solo en el mundo y sin imaginar siquiera que tres de sus hermanos iban a morir antes de que él los volviera a ver. Lo de la televisión y la vida cómoda en Chile, contó, vino mucho después.

María José escuchó atenta el relato, que ahora Angel escribe con detalle en un libro que estará a la venta el próximo verano. Quedó impactada con esta historia de drama y dolor y, sin decirlo, lo admiró profundamente. Fue entonces cuando Angel, un hombre acostumbrado a los brillos de la fama televisiva, a la adulación de mujeres exuberantes, a la alegría de la jarana de la noche, pronunció una frase que quedó para siempre grabada en la vida de los dos protagonistas de esta historia: “Tú te vas a casar conmigo y vas a ser la madre de mis hijos”.

‘¿¡Qué le pasó a este!?’, pensó ella.

‘¡Qué hombre más fresco!’, reflexionó.

‘¡Ni una posibilidad!, ¿qué se cree?’, se preguntó.

Angel Torrez, apenas la vio por primera vez, tuvo la certeza de que juntos iban a construir algo grande. Lo cautivó su belleza, tan distinta a las mujeres que hasta entonces había conocido. No pensó ni en las nacionalidades, ni en los orígenes, ni en el color de piel. Tampoco en la diferencia de edad: 16 años. Solo sabía que quería volverla a ver y le pidió que, un día después, le sacara unas fotografías en un evento especial: el acto de cierre de la XIX Teletón.

Ante miles de personas, en el estadio Nacional de Santiago, el bailarín era el encargado de animar a la gente previo al inicio de las transmisiones. El público lo conocía bien: era el boliviano que llegó a Chile antes de los 20 —una chilena lo vio bailar en Cochabamba y le propuso viajar a Santiago— y que desde fines de los ’80 se hizo figura habitual de la televisión. Exito, Venga conmigo, los matinales…

La música sonaba a todo volumen en el estadio —todos para abajo, todos para arriba— y los asistentes se volvían locos imitando los movimientos del artista que se contorsionaba en el escenario. Mujeres, hombres y niños parecían hipnotizados.

Wp-angel-450

Sin que nadie lo pudiera advertir, sola, María José entró esa noche en el recinto deportivo y vio una especie de “puntito negro que levantaba la mano y al que todo el mundo seguía”. “Angel tiene algo muy especial”, pensó la veinteañera. Y se decidió pese a las dudas: a los pocos días, vinieron las primeras salidas y la ilusión que marca los amores iniciales.

Las dudas ajenas, sin embargo, tiñeron el comienzo. “Mi círculo es cerrado, no entra gente nueva. Los mismos colegios, todos se casan entre conocidos y van a las mismas playas. Era todo en contra: 16 años mayor, boliviano, bailarín y de color”, relata María José.

Tuvieron que enfrentar épocas duras, complejas. Algún episodio racista, que a María José le dolió en el alma. Pero la noticia de la llegada de Emilia, su primera hija, lo cambió todo: ella nunca más estuvo triste y él sintió tener las fuerzas necesarias para combatir los prejuicios y luchar para volver a tener una familia, como la que perdió en Bolivia siendo niño. Lo lograron: el 29 de octubre de 2006, Angel Torrez y María José Serrano se casaron en la iglesia del fundo El Molino, camino a Viña del Mar. En esa ocasión, como la primera vez, bailaron mucho…

Cuando María José era adolescente, cuenta, siempre sintió curiosidad por la gente de color. Nunca pensó, sin embargo, que sería ella la que años más tarde iba a llevar de la mano a dos niñas mulatas: sus hijas. Emilia, que ahora tiene ocho, luego tuvo una hermanita. Se llama Alicia y tiene dos.

Los Torrez Serrano viven en una casa cercana a la avenida Kennedy, en Las Condes. Angel todos los días viaja por la autopista convertido en un empresario y llega hasta su academia de baile en avenida La Dehesa, donde imparte clases de distintos ritmos a niños y adultos. Se ha ganado la fama de que está haciendo danzar a todo el sector: “No enseño solo a moverse, sino a comprender que el baile hace vivir”.

La pareja cuenta esta historia —que jamás habían querido relatar a nadie— sentada en una cafetería de Vitacura una mañana de enero. Se les ve tranquilos, felices. Ella, de 31, celebra las bromas de Angel. El, de 46, contempla a su mujer cuando habla, como un niño que oye a su profesor y sabe que tiene razón.

Juntos, dicen, se han ocupado de que sus hijas sean criadas en un ambiente plural, abierto. Eligieron un colegio laico, el Craighouse: “Necesitábamos un establecimiento donde vaya gente distinta, tolerante, donde existan extranjeros, diferentes razas y religiones. Queremos que nuestras hijas crezcan en un mundo donde la diversidad sea un valor”, relata María José mientras da sorbos a una bebida light.

El matrimonio también decidió que las pequeñas supieran su historia: los cuatro tomaron un avión con destino a Bolivia en septiembre de 2012. El objetivo final era Coroico, el pueblo que Angel había dejado cuando era un niño desamparado de 12. Nunca había regresado y aunque él había cambiado tanto —ahora convertido en marido y padre—, la pobreza de la localidad parecía intacta a la de 1980. Su propia hermana, Julia, vivía en la misma casa familiar y cultivaba el mismo huerto, como si el tiempo se hubiese detenido. Fue entonces, con sus niñas de la mano, cuando María José sintió ser una mujer con suerte: “Tuve la fortuna enorme de que me haya elegido y que sea el papá de mis hijas. Nunca voy a conocer a otra persona así”.

El remata con una broma: “Finalmente, este negro le aclaró el camino”.