En su casa de Las Condes, donde vive la mitad del año y también tiene su taller, Alfredo Echazarreta parece estar en su ‘zona franca creativa’. Allí, entre prensas donde dirige a sus alumnos de grabado, papelógrafos y enormes telas, el pintor embala las veinte obras que partirán a Lyon, en Francia, específicamente a la galería Michéle & Michel Roux-Levrat, donde la muestra La ville de tous nos rêves (La ciudad de todos nuestros sueños), estará en exhibición hasta el 15 de julio.

No es la primera vez. Desde hace más de treinta años que el artista presenta en Francia sus lienzos y epopeyas de luz. Como si se tratara de la entrega que hace un viajero cada cierto tiempo, sus obras tienen sentido para el público galo. Echazarreta es de esos pintores que va registrando la luz que encuentra a su camino, desde los bordes del Pacífico a un Sena más prístino.

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Nació en Santiago, estudió en los Padres Franceses y estuvo dos años en la Escuela Naval. Finalmente se inclinó por la arquitectura y entró a la UC, donde conoció a Octavio Sotomayor, quien le dijo: “¿Por qué no te vas a dar una vuelta a la escuela de la UC en Valparaíso? Eso es lo tuyo”. Se quedó ahí, feliz y pintando. “No había vuelta atrás. Era todo lo que quería hacer. Pintar era un alien que estaba dentro de mí”. Eran tiempos de efervescencia creativa. El proyecto Amereida, en las dunas de Ritoque, marcaba la pauta de lo que debía ser la tarea arquitectónica de Latinoamérica hacia el futuro. Entre los cerebros de la época, un Godofredo Iommi emplazaba a sus alumnos a hacer un puente entre Chile y París, una suerte de intercambio cultural y de experiencias con beneficio recíproco.

Uno de los primeros en partir fue Echazarreta. “Fui por seis meses y al final me quedé 37 años. Estuve en muchas partes, en Normandía, Rouen y más. Pero cuando llegué a vivir a Honfleur, en 1992, algo pasó. Fue un lugar que me cambió la luz”.

—¿Cómo se transformó su pintura?

—Hay algo que sucede con la luz del Sena, algo que realmente no se repite en otras partes. Hay una pintora norteamericana abstracta que se llama Joan Mitchell. A ella le pasó lo mismo cuando se fue a Giverny, una ciudad normanda donde vivía Monet. Son colores que están lejos de lo clásico, son colores que te someten a la duda. 

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—¿Y la luz en Chile? ¿Cómo es?

—Aquí los colores son  más francos, menos dudosos. Acá un buen colorista es aquel que te pone el azul, morado, naranja. Esa es la luz que se complementa con lo físico, con lo que te da el lugar y la geografía. Eso sin contar la ‘luz cultural’: ese matiz que viene influido por costumbres y hábitos. Aquí son más grafistas que en Francia. Me ha pasado que galeristas chilenos me digan que les gustan las pinturas casi en blanco y negro, como dibujadas. Pero si están en Francia, quieren lo contrario.

—También tiene una casa cerca de Laguna Verde, con una fuerza marítima muy distinta al mar del norte de Francia.

—La influencia del océano es una cuestión fuertísima. No se trata del mar que tranquilo te baña. Esa es la parte fuerte que me fascina de Chile, ese Pacífico con olor intenso, con olas bravas. En nuestra costa hay muchos lugares donde casi no hay gente, con acantilados vírgenes y salvajes.

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—En esta nueva exposición, ¿está ese cruce de miradas?

—No sólo ahora, sino siempre. Mi trabajo tiene que ver con ese registro constante. Por ejemplo, cuando caminas por las playas normandas parece imposible distinguir el horizonte. Todo eso te permite soñar. He tenido la oportunidad de vivir en varias ciudades junto al mar. Cuando era joven y vivía en Viña del Mar, la inmensidad del Pacífico me confirmaba que al hombre le corresponde soñar con otra parte.

—De ahí posiblemente su personalidad viajera, errante.

—Lo soy. Absolutamente. Soy de origen vasco, pero siempre he creído que el sello judío de nuestra cultura tiene que ver con esa idea de moverse, de cambiar el paisaje, de buscar otras tierras. 

—También se dedica al grabado. ¿Con la misma mística que pinta?

—Siempre he tenido un gran conflicto entre la línea, la forma y la mancha. Para mí son cosas casi antinómicas. El dibujo en el grabado tiene estructura y cuenta cosas. La mancha, en cambio, es difícil que algo te diga. Esas dos cosas en la pintura deben ser coherentes. O dicho de otra forma, lo lindo del caos es que debe tomar sentido.

—¿Tiene planes para exponer en Chile?

—Tomás Andreu quiere hacer una exposición conmigo. También tengo una propuesta para el próximo año en el Bellas Artes. Vamos a ver si me dan los riñones. Hay que llenar una sala gigantesca y yo soy un pintor que vendo harto. Juntar la obra será lo que me tomará más tiempo.