La historia del Museo de Arte Contemporáneo  (MAC) es como una obra de M. C. Escher: imposible y laberíntica, inacabada. Los inicios de la institución —que en julio inicia los festejos por sus 70 años con la muestra ‘fundacional’— se pueden rastrear en hechos insólitos como fue el cierre de la Escuela de Bellas Artes por el dictador Carlos Ibáñez del Campo debido a que en el Salón de 1928 se exhibieron obras demasiado vanguardistas. Especialmente duro fue el crítico de arte oficial de la época, Nathanael Yáñez Silva, que destruyó en las páginas de El Mercurio la selección curada por el pintor Camilo Mori. Algo no calzaba en la forma como la oligarquía y la oficialidad entendían el arte chileno. 

Había que buscar a un responsable de ese arte descarriado y, para no culpar a los jóvenes chilenos del grupo Montparnasse —que en Francia recibieron el influjo de Cézanne y los coletazos del posmodernismo— nada mejor que apuntar a un pintor ruso de mirada intensa y modales excéntricos, Boris Grigoriev, quien había llegado ese mismo año a Chile como profesor. El artista, un activo miembro de la bohemia de San Petersburgo, “innovó con tendencias como el Art Nouveau y la abstracción geométrica que estimularon mucho a sus alumnos en la presentación de sus obras en el Salón del 28”, explica Matías Allende, investigador del MAC y quien, junto al restaurador Francisco González, han tenido una activa participación ya sea en la recuperación de piezas extraviadas  (La Novia del Viento, de Samuel Román) o en la restauración de otras maltratadas (Niños Cantores, de Cundo Bermúdez), respectivamente. Estas, y un centenar más, serán parte de la gran muestra que preparó la institución que dirige Francisco Brugnoli.

mac2

Pues bien, el cierre de la Escuela y el sobre azul a Grigoriev no fueron las únicas medidas de las autoridades de la época. También se decidió becar a una treintena de alumnos que partieron a Europa a  interiorizarse en artes aplicadas que la visión industrialista de Ibáñez del Campo veía con interés.  Algunos hablan de una especie de ‘exilio’.  Sin embargo, esta generación cumpliría un papel esencial en el nacimiento del MAC.

El grupo Montparnasse prácticamente  ‘se tomó’ el Bellas Artes cuyo edificio fue parte del fastuoso espíritu de las construcciones del centenario de la República. Allí, en el palacio, los ex chicos bohemios que habían viajado a París por su situación acomodada, introdujeron una nueva sensibilidad artística gracias a su roce con las vanguardias europeas.

Entre los montparnassianos se cuentan Henriette Petit y Julio Ortiz de Zárate.

Pero los ‘bohemios de París’ no eran los únicos. Había un grupo que estaba quedando marginado del canon, en parte por su origen más humilde; en parte, por su actitud anarquista y provocadora. Se trata de la Generación del 13, muchos discípulos de Juan Francisco González, quienes se inclinaban por el arte criollo, costumbrista, obrero y hasta por temáticas entonces tabú, como la indígena. Arturo Gordon y Pedro Luna figuran entre los más destacados del movimiento a quienes también se les conoció como la generación Trágica, debido a que, por sus precarias condiciones de vida, murieron jóvenes por enfermedades como la tuberculosis. Estuvieron a un tris de ser ninguneados por la historia oficial. Sin embargo, serían los mismos jóvenes que Ibáñez del Campo envió a Europa los encargados de reivindicarlos, en una especie de atajo en este laberinto histórico.

mac3

En los años ’30, la recién creada Facultad de Bellas Artes de la U. de Chile recibió de regreso a los becados. Entre ellos figuraba Marco Bontá, quien en 1945 es elegido director de Extensión de Artes Plásticas. Sería en el marco de esa institucionalidad que se creó el MAC el 15 de agosto de 1947, convirtiéndose en el evento artístico del año. Por entonces se instaló en el restaurado Partenón de la Quinta Normal. Fue en esa miniatura del edificio griego donde los retornados “más que una reivindicación artística de la generación del 13, hicieron una reivindicación política ya que compartían sensibilidades y el principio de contemporaneidad”, explica Allende.  

Probablemente Bontá pensó que lo más vanguardista estaría en lo local. Y acertó al incluir a artistas que empezaban, como Marta Colvin y Arturo Gordon y Abelardo Paschín Bustamante, entre otros. Sin olvidar al maestro González y a mujeres como Marta Cuevas. Los extranjeros también forman parte de este acervo. Desde el propio Grigoriev hasta artistas latinoamericanos donados por diplomáticos como Fidelio Ponce y Cundo Bermúdez. Pablo Neruda, a su vez, regaló una pintura de la mexicana  María Izquierdo, considerada ‘la otra Frida Kahlo’, y que Matías Allende recuperó desde el Museo de Arte Popular Americano cotejando catálogos y prensa de la época. La Novia del Viento fue ubicada en el Museo Nacional Aeronáutico, institución que la presta hoy para la muestra Fundacional curada por Brugnoli.

mac4

De Cézanne a Miró, la exposición más popular de todos los tiempos en Chile, sería una nueva paradoja en la historia del MAC.  En el invierno de 1968, la gente viajaba desde regiones en tren y luego tomaba el trolley hasta la Quinta Normal para ver 50 obras originales traídas desde NuevaYork en un evento patrocinado por el diario El Mercurio. Pero era época de reformas y el año anterior se había colgado en el frontis de la U. Católica el famoso cartel ‘El Mercurio miente’. La U. de Chile convocó entonces a una asamblea de estudiantes donde pidió renuncias. Salieron varios, entre ellos Federico Assler, director del MAC.

Faltarían otros episodios. “Para el golpe el Museo fue sacado con su colección completa del Partenón y trasladado al Bellas Artes. Y fue esa década en que Lily Garafulic cerró los pasillos, dividiendo el palacio en dos: el Museo de Bellas Artes y el MAC. A partir de ese momento, muchas obras desaparecieron o se fueron a distintas colecciones”, recuerda Allende.

Recién el año pasado se abrió la puerta que separó por décadas ambos edificios, conectando pasillos, obras y fantasmas de una historia laberíntica que cumple 70 años.