Cuesta distinguir cuál de las obras de la Bauhaus en Chile es la más representativa. Difícil decidir si entre el edificio de la Cepal en la calle Dag Hammarskjold, Vitacura, o la actual sede del ministerio de las Culturas y las Artes (ex oficina de Correos y Telégrafos) en calle Sotomayor, Valparaíso; o el icónico Oberpaur en la esquina de Huérfanos con Estado, entre una serie de trabajos que dejaron a su paso los herederos de esta escuela fundada por Walter Gropius.

Todas obras de marcado estilo moderno, líneas puras y geométricas, propias de este movimiento fundado en Weimar, Alemania, y que influyó con fuerza en la arquitectura, el diseño gráfico e industrial, la pintura e incluso la fotografía. Tanto, que algunos sostienen que, mucho más un movimiento estético, también sería una ideología. Una idea que no comparte el arquitecto y especialista de la Universidad Católica, Fernando Pérez. “No me parece una buena manera de definir a la Bauhaus —afirma—. Esta fue, fundamentalmente, una escuela que incluyó la enseñanza de artes, artesanías y arquitectura. En torno a ella Gropius fue capaz de reunir un conjunto notable de artistas y arquitectos de vanguardia, no necesariamente coincidentes en sus posturas ideológicas, pero aún así él fue un ideólogo al articular ese complejo cuerpo docente y poner a la Bauhaus en el mapa mundial de una enseñanza renovada de las artes y la arquitectura. Entre sus objetivos estuvo el de poner en relación la enseñanza tradicional de Alemania en las artesanías y oficios, con la producción industrial y el arte moderno, especialmente abstracto. Más bien se trata de un fenómeno histórico que en rigor concluyó con su cierre en Alemania”.

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Surgido en 1919 como un proyecto social en la reciente República de Weimar tras la Primera Guerra Mundial, desde un principio la Bauhaus destacó por su vanguardia. “¡Arquitectos, escultores, pintores, todos debemos volver a la artesanía! Pues no existe un arte como profesión”, proclamaba Gropius. Una escuela de inspiración socialista, internacionalista y judía, de marcado sentido social, lo que no era visto con buenos ojos por el régimen nazi. De ahí que esta escuela estuvo desde su fundación rotando por distintas ciudades. En 1919, Weimar, luego Dessau, en 1925, para finalmente ubicarse, y por unos meses, en una fábrica abandonada de Berlín. Perseguida y finalmente censurada por el régimen de Hitler, para el arquitecto Fernando Pérez su cierre “fue como un proyectil lanzado sobre la superficie del estanque de la enseñanza de la arquitectura y las artes: sus ondas se expandieron internacionalmente, hasta el día de hoy. Algunas de sus doctrinas, por ejemplo en cuanto al color, se siguen aplicando”.

Agrega Pérez: “La Bauhaus fue una comunidad extremadamente viva y a ratos conflictiva de estudiantes y profesores, que no solo estudiaban sino que también organizaban fiestas, exposiciones y representaciones. Algo de ese ambiente está en muchas escuelas de arquitectura en el mundo. El trabajo de algunos de sus miembros, como Mies van der Rohe, ha sido vital en la historia de la arquitectura del siglo XX, con muchos discípulos directos o indirectos. Algunos de los diseños y muebles fabricados en el ambiente de la Bauhaus se siguen produciendo y comercializando hasta nuestros días. La Bauhaus vive, por tanto, de diversas maneras y en diversos planos”.

Pese a su breve duración (1919-1933) este movimiento fue fundamental en la renovación de los estudios de arquitectura. Luego de que el régimen nazi decidiera cerrar el Bauhaus, sus miembros —gran parte de ellos judíos— emigraron especialmente a Estados Unidos donde continuaron su enseñanza. En Harvard se instaló Walter Gropius. Con él se formó el famoso arquitecto chileno Emilio Duhart cuando viajó a especializarse a esta reconocida universidad americana. En 1939 vino a Chile el arquitecto húngaro —y repesentante de esta escuela— Tibor Weiner, quien dejó una prolífica obra y contribuyó —desde la escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile— a la renovación de los métodos pedagógicos. Lo propio ocurrió también con la facultad de la Universidad Católica, con la visita (en 1953) de Josef Albers, invitado por el decano de la facultad de Arquitectura de aquella época, Sergio García Moreno. La presencia de Albers fue definitiva para el arquitecto chileno Alberto Piwonka, uno de sus discípulos en el taller de Composición Pura que el alemán impartió “en una memorable experiencia académica en la Universidad Católica”, explica Cristóbal Molina, quien precisamente realizó su tesis doctoral sobre la obra de Piwonka (ARQ Ediciones 2018). Para él, la contribución de este profesional se equilibra entre su dedicada labor académica en la formación abstracta derivada de la Bauhaus —que realizó por más de 40 años en las escuelas de arquitectura, arte y diseño en la Universidad Católica—, y sus obras, como los colegios Verbo Divino, San Ignacio El Bosque o en grandes conjuntos habitacionales como el de la población Lord Cochrane en Valparaíso, que en cierta medida contaron con esta influencia. Para Fernando Pérez, la contribución concreta de esta escuela en Chile no está tan definida, más que nada porque tanto Walter Gropius como Mies van der Rohe —se diría que sus dos figuras fundacionales—, produjeron arquitecturas muy diversas.

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“Se podría percibir en un edificio como el Oberpauer de Sergio Larraín y Jorge Arteaga (en Estado y Huérfanos) algo del espíritu de la arquitectura alemana en la época de la Bauhaus. También la huella que Mies van der Rohe dejó en arquitectos chilenos como Jorge Larraín, quien estuvo en contacto con él en su período norteamericano, cuando enseñó en la Illinois Institute of Technology (IIT), en Chicago. Trazos de ese apostolado se ven todavía en el edificio del Banco de Chile en Providencia y Monseñor Sótero Sanz”, observa.

Tanto Tibor Weiner como Josep Albers dejaron huellas en Chile. Weiner tuvo una especial participación en la reconstrucción de Concepción y Chillán, ciudades azotadas por el terremoto de 1939; en esta última fue autor de la Estación de Bomberos y el Mercado Central. Sin embargo, el arquitecto no podía firmar los proyectos sin la compañía de un socio chileno; así, entre 1939 y 1944 firmó con Ricardo Müller, después con Marcelo Deglin. El mercado de la población Lorenzo Arenas, en Concepción fue realizado por el arquitecto chileno Osvaldo Cáceres, discípulo de Weiner. Un legado invencible, que a punto de cumplir el centenario dejó huellas imborrables.