Fue sorpresivo y brillante. Sin preguntarle a nadie y de un día para otro, la cauta Isabel II de Inglaterra vio la oportunidad de hacer ‘cash’ alquilando las propiedades de la corona británica. A los meses, el negocio superaba las expectativas y el The Sunday Times aseguraba que la maniobra comercial de la soberana había logrado superar en menos de un año cerca de 9,6 millones de euros gracias al ‘alquiler’ de sus mansiones para distintos eventos sociales.

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En el desglose, la mayor liquidez corría por cuenta del palacio de Buckingham. Casi seis millones de euros recaudados mediante almuerzos de empresas y desfiles de moda en los vetustos salones con paredes de seda y cuadros de pintura flamenca.

Siempre digna, Isabel obviamente no asoma ni la nariz cuando se trata de eventos externos en su propiedad, pero el golpe al protocolo lo dio hace algunas semanas su nieto y seguro sucesor a la corona. William apareció en la residencia de Kensington a la misma hora en que una marca de lujo ofrecía una comida con Bon Jovi como anfitrión. El príncipe tomó el micrófono y se lanzó a cantar junto al rockero.

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Los cotos de caza y los jardines también pueden ser arrendados a menor precio. En los recientes Juegos Olímpicos, la reina autorizó que el Windsor Great Park fuera un campamento premium con trescientas locaciones que incluían baños y duchas portátiles. Situado a 45 minutos del centro de Londres, se convirtió en el favorito de los deportistas y seguidores de las pruebas de remo y de canotaje.

En la misma fecha, el aristocrático Perks Field, a un costado del palacio de Kensington, fue arrendado al Comité Olímpico ruso. El tesorero de la soberana, Sir Alan Reid, confirmó esa vez que la zona contaba con una pista de aterrizaje para helicópteros. Buckingham no reveló el monto del arriendo, pero según documentos citados por el diario Daily Telegraph, los rusos depositaron cerca de 250 mil libras. Otra tendencia de los Windsor es ofrecer los ‘departamentos de Estado’ del palacio de Saint-James de Londres. El histórico edificio, cuya primera piedra fue puesta hace cinco siglos, es ideal para recepciones de negocios.

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No hay bolsillo que aguante mantener en buen estado los bienes feudales de Cayetana Fitz-James Stuart. Las propiedades de la duquesa de Alba, cerca de veinte en distintas provincias de España, ahora tienen un administrador: Cayetano Martínez de Irujo. El hijo de la mujer con más títulos nobiliarios del mundo, divide su tiempo entre la equitación y el corretaje. En un comunicado oficial dijo: “La Casa de Alba comenzará a alquilar algunas de sus estancias a selectas empresas para eventos y reuniones con el fin de contribuir al mantenimiento del mismo, que tiene cero euros de ayuda tanto para la conservación como para la mejora de este patrimonio”. En otras palabras, lo que sugería el conde era que el Estado no daba un peso para mantener estos edificios patrimoniales de España.

Los problemas de liquidez golpean a la familia Fitz-James desde hace una década. De ahí que otra de las modalidades de Cayetano para sumar euros son paseos con champán y recepción incluida. “Es un formato concreto de visitas guiadas de hora y media con un cóctel o cena posterior. Todo ello destinado a grandes empresas, que bien pueden ser fundaciones como los Amigos de la historia, o bien empresas propiamente dichas como BMW”.

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El Palacio de Liria, el más imponente de Madrid en plena avenida de La Princesa, ahora tiene una lista de espera interminable y la oferta de arriendo parte en los cincuenta mil euros. Nadie rechazaría una invitación a comer en la residencia más elegante de España con cuadros de Ingres, Velázquez y Goya, sin contar las porcelanas de Sèvres. Los Alba no son los únicos en abrir las puertas al mundo de los plebeyos, porque los Medinaceli, el marqués de Griñón, la duquesa de Fernandina y los duques de Albuquerque también compiten con salones para matrimonios y reuniones.

En Mónaco no tienen problemas para ceder los jardines del Palacio Grimaldi y la marina real para eventos privados. Después del matrimonio estilo hippie chic de Andrea Casiraghi y Tatiana Santo Domingo, las principales fortunas del mundo sueñan con hacer sus propias fiestas entre los torreones que datan del año 1200. Nada imposible, porque los descendientes de Rainiero y Grace Kelly se liberaron del protocolo hace rato y es normal que en el salón Napoleónico, el Cuarto de York, el Luis XV, o el famoso Salón del Trono, aparezca Karl Lagerfeld como anfitrión para presentar sus colecciones de moda.

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Las marcas náuticas, de joyería y también de relojería van un poco más atrás y han convertido la bahía de Montecarlo en una postal de lujo con yates que se pasean con dignidad para sus invitaciones.  Nadie arisca la nariz, porque ahí el ‘save the date’ y el ‘dress code’ son pan de cada día.