Murió ahogado en las aguas del Mediterráneo, frente a su casa de veraneo de 15 metros cuadrados que él mismo diseñó y que llamaba su “palacio”, a sólo dos meses de cumplir los 78 años. Charles-Édouard Jeanneret, más conocido como Le Corbusier, dejaba un enorme legado de obras y nuevos conceptos que lo llevó a ser considerado como el arquitecto más influyente del siglo XX. A cincuenta años de su fallecimiento, Francia le rinde homenaje con una retrospectiva en el Centre Pompidou de París, un recorrido cronológico que incluye 300 cuadros, esculturas, libros, muebles, dibujos, maquetas, fotografías, ensayos, poemas y películas, todas originales, desde su juventud en Suiza hasta su muerte en la Costa Azul.

No es la primera vez que el país galo recuerda al más célebre de sus arquitectos. Pero esta ocasión es diferente. La exposición usa como eje central la importancia que Le Corbusier le otorgó a la figura humana, presentándolo como un visionario que abrió las puertas a una arquitectura a escala. Sin embargo, tanto la retrospectiva como la inédita mirada en que se enfoca se han visto eclipsadas por dos publicaciones que relacionan al arquitecto —que adoptó la nacionalidad francesa en 1930—, con el fascismo.

Según sus estudiosos, el cuerpo humano siempre estuvo en el centro de la arquitectura de Le Corbusier. En sus maquetas solía incluir el dibujo de un hombre que recordaba que el conjunto debía responder a esas proporciones. A mediados de la década de los ’40, este bosquejo se transformó en su famoso Modulor (1944), una silueta de 1,83 metro de alto (2,26 mt con el brazo y mano extendidos), que luego se impondría como sistema normativo para numerosos arquitectos.

Pero, al mismo tiempo, su visión de la vivienda era la de “una máquina para vivir” y concebía la estandarización como “un valor moral”. Su apego al hormigón como material casi único en sus construcciones rompía con la tradición arquitectónica, diseñando edificios que fueran funcionales y rechazando la ornamentación sin motivo. Para él, la arquitectura debía estar al servicio social del hombre medio. Tal como una de sus obras más famosas, Cité Radieuse (ciudad radiante) en Marsella: un edificio rectangular con 337 departamentos dúplex que se distribuyen en doce plantas y que incorpora tiendas, restorán, librería, gimnasio y una terraza comunitaria, que alberga una pista de atletismo y una piscina de poca profundidad.

Los convencidos de los vínculos de Le Corbusier con el fascismo ven en su visión arquitectónica mucho de esta ideología. “Solemos disociar sus ideas, su urbanismo y su arquitectura, cuando en realidad forma parte de lo mismo”, dijo al diario El País el arquitecto Marc Perelman, quien en 1979 ya había escrito un libro acerca de las relaciones entre el famoso arquitecto y el régimen colaboracionista de Vichy, que lo nombró consejero de urbanismo. Ahora, dos nuevas publicaciones: Le Corbusier, un fascista francés, del periodista Xavier de Jarcy, y Un Corbusier, del arquitecto François Chaslin, lo acusan directamente de haber sido fascista, profundamente antisemita y admirador de Hitler.

Según afirma el periodista Xavier de Jarcy, Le Corbusier formó parte del círculo de Georges Valois, fundador del primer partido fascista francés en 1925, colaboró con un movimiento patronal de ultraderecha y con distintas revistas filofascistas, en las que defendió “la limpieza” de las grandes ciudades, concepto que le obsesionaba. Tenía entre sus amigos más queridos a Pierre Winter, líder del Partido Fascista Revolucionario, y no dudó en defender las manifestaciones antiparlamentarias que sacudieron París el 6 de febrero de 1934 y que habían sido organizadas por grupos de extrema derecha como “un amanecer de la limpieza”.

Tanto De Jarcy como Chaslin revisaron los escritos del arquitecto y entre las cartas que dirigió a su madre tras la ocupación nazi, encontraron esta frase que, en opinión de los autores, es elocuente: “El dinero, los judíos y los masones: todos sufrirán ahora la justicia de la ley. Esos poderes vergonzosos que dominaban todo serán desmantelados… Hitler puede coronar su vida con una obra grandiosa: la reorganización de Europa”.