“Si una colección sólo se sustenta en marinas, bodegones y paisajes bucólicos estamos lejos de confirmar que realmente nos importa el arte”, decía con método y pedagogía el crítico Gaspar Galaz. Más que un reto, más que una lección, esas palabras también le dieron respaldo a un compendio de arte contemporáneo único en nuestro país, un recorrido visual que habita en esta casa de enormes volúmenes de luz interior, de alturas irregulares y de laberintos que permiten el diálogo entre lenguajes disímiles, a veces opuestos, otros en complicidad, para finalmente darle sentido a una estructura orgánica a la hora de pensar y exhibir los momentos cumbres de la creación actual.

Salvo una imagen cusqueña de María y otra de San Isidro, la antología comienza con arrojo contemporáneo desde los vértices hacia el interior. Primero hay que descender por terrazas de paisajismo endémico y vista oceánica, para observar las columnas dórico-andinas de Federico Assler, metales enjaulados de Salineros y piedras esculpidas por Marcela Correa. El trabajo de los arquitectos mantuvo las líneas adoquinadas de piedra con una dirección que sugiere una ruta, donde estructuras de hormigón, vidrieras panorámicas y puertas de madera, tensionan los conceptos de casa-galería, o funcionalidad-habitabilidad, todo para atender a las necesidades propias de una colección que merece ser exhibida y conservada al mismo tiempo.

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“Este es un lugar de diálogo, donde los estilos y corrientes del arte contemporáneo convergen y no se superponen”, dice la dueña de casa mientras desclasifica códigos éticos y hasta políticos de la creación actual. No es por azar que los pupitres tallados de Alicia Villareal, ordenados como una antigua sala de colegio, intensifiquen la poética crítica de Eugenio Dittborn.

“Más que museos y lugares de acopio de obra, debemos reivindicar el rol del arte en la educación. Nuestros profesores son honestos cuando nos dicen que urgentemente necesitan más formación en estas áreas para desarrollar el ojo crítico de las futuras generaciones”, añade.

La figura fundacional de Francis Bacon extiende sus claroscuros a través de dos obras de gran formato, piezas que mantienen firme su guardia junto a una colección de arte rupestre, lanzas y flechas de arte africano, aquella fijación que marcó el origen teórico del arte contemporáneo a través de mundos exóticos y de elegancia rupestre. El quiebre, a través de una escultura del inglés Tony Cragg, pone en relieve la hazaña de obras monumentales de Eugenio Téllez, Teresa Gazitúa, Sebastián Preece, Juan Dávila, junto a las figuras femeninas talladas por Stephan Balkenhol, artista emblema de la Galería Thaddaeus Ropac.

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El living retoma elementos críticos del arte, con obras de Balmes, Prats, Wilfredo Lam y la fotógrafa Shirin Neshat que funcionan como testigos de los elementos ‘unificadores’ de las migraciones y éxodos de la humanidad, una secuencia que sigue su huella con el mexicano Moris (Israel Meza Moreno), Kike Ramírez y escuturas de Joaquín Roca Rey junto a lámparas de Ingo Maurer, poltronas de Le Corbussier producidas por Cassina, sillas Minotti, además del celebrado sofá Zanotta. Las alfombras persas, la mayoría con escenas de primavera, se alternan pacientemente con las de la firma Marquina con los repujados originales de la obra de Chillida.

Con múltiples entradas, el comedor aparece como un campo de dominio exclusivo del color. El hipnótico trabajo de Julio Le Parc (en portada) es la cabecera para la gran mesa Gray junto con 24 sillas, especialmente diseñadas por la casa Gervasoni para almuerzos con muchos invitados. En los costados, cuadros de Roser Bru, Francisca Sutil, Matilde 
Pérez, Mario Carreño, Sandro Chia y Sol LeWitt proyectan sus estallidos de luz junto a opalinas de Murano en el cielo de la firma de lámparas Artemide. Frente a los ventanales hacia el Pacífico, nuevamente los puntos de fuga se replican en forma de laberintos dotados de luminosidad y paisajismo. Una alfombra de autor, de Toulemonde Bochart, semeja el piso de una plaza cubierta de hojas en otoño junto a una obra de Patrick Steeger y Fina Oliver.

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La mayoría de los artistas chilenos, desde el quiebre de Matta al trabajo de Voluspa Jarpa, se incorporan en secuencias temáticas en habitaciones, baños, pasillos, salas de juego y de estudio. Alfredo Jaar irrumpe en la escena con sus fotografías enmarcadas en cajas de luz, junto a múltiples libros de historia de arte, ensayos y revistas especializadas. La cocina suma otra colección de porcelanas, cristalerías contemporáneas y libros de gastronomía que descansan junto a los fetiches masivos de la obra de Andy Warhol.

En el plano más íntimo, los caballos y el paisajismo, dos de las pasiones que comparte la familia, alcanzan la gloria con obras de Delia del Carril, Pablo Domínguez y Pinto D`Aguiar. Libros de botánica y árboles vuelven la mirada al mundo inmediato y a la contemplación en una casa-peñasco de líneas puras, o como dicen los poetas, un faro para iluminar ideas.