“¿Qué sería del clásico aburrimiento del domingo si no existiera el Club Hípico?” 

Era el lamento de Daniel de la Vega, cronista santiaguino, quien en 1930 aseguraba y se convencía de que para poder pasearse con “decencia” los domingos por la tarde por Santiago, había que tener conocimientos de hípica “Si usted no los posee, se pone en ridículo, no puede charlar con nadie y parecerá un monstruo caído de alguna constelación”, manifestó frente a lo que, más que un paseo, era todo un acontecimiento social. 

Las carreras de caballos en Chile se inician con un panorama completamente distinto a lo que conocemos hoy: sin pistas especializadas y, más aún, ilegales. Relatos de cronistas como Juan José de la Cruz cuentan que en 1770 las carreras sólo se hacían con permiso del Supremo Gobernador y que eran competencias demasiado injustas entre caballos chilenos y andaluces. Los jinetes eran niños no mayores de 12 años y los que se atrevían a apostar, podían ser relegados a la isla Juan Fernández por diez años o más. 

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Nuestra historia hípica llegó al galope del legendario “hueque”, un tipo de equino bien chileno, cuyas patas cortas, cabeza chica y cuerpo robusto empezó a hacerse conocido por todas las latitudes. De esta manera, el espacio para las carreras se hizo imprescindible. Así nacieron las precarias instalaciones del Parque O’Higgins, cuyas humildes galerías poco tenían que ver con lo que se apreciaba de París o Londres. 

LA JOYA DE LA CAPITAL

Tuvieron que pasar varios años para que nuestro país contara con un centro hípico a la altura. Inaugurado en 1869, la inversión inicial para levantar el Club Hípico consistió en 2.500 pesos, monto que logró reunirse luego de una reunión en la casa de don Domingo Toro. Entonces, se decidió comprar además las chacras del Callejón Padura, en los aledaños del barrio República, uno de los más señoriales de la época y donde se encuentra el edificio hasta el día de hoy. 

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Lo primero que se construyó fueron las tribunas. La gran mayoría de éstas tenía un aspecto más bien sencillo, como las del campo chileno, excepto las de primera clase. Estas eran una réplica de los hipódromos británicos: columnas esbeltas de madera, igual a las victorianas y grandes puertas de hierro parecidas a las de los castillos ingleses. “En Santiago no hay donde mucho lucir, sólo algunos paseos y edificios. De esos, el único que demuestra belleza es el Club Hípico, la joya de la capital: hermoso y sobrio”, fueron las palabras publicadas en el Times de esos años, cuando además se promovía la delicadeza del lugar y era calificado como uno de los más hermosos del mundo: “El único donde se ven saltar los caballos entremedio de flores”, aseguraba.

El Club Hípico empieza a ser un lugar de reunión y con él, surge un espacio que antes no existía en Santiago. Un sitio para ver y ser visto, una ocasión de encuentro de la sociedad y donde, a modo de pasarela, se podía lucir lo último en tendencias. Como explica el arquitecto Óscar Ríos, la tecnología y el desarrollo de la cultura jugaron un rol fundamental. “Por ejemplo, los botines acordonados, esos que las damas usan hasta el día de hoy, son de esa época. Son los tiempos de Bellavista Oveja y Tomé, los que trabajaban a la inglesa y con los cortes que se usaban en Europa”. 

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Fueron casi 30 años de gloria, moda y reuniones, hasta que en 1892 el edificio casi desaparece producto del gran incendio del 11 de noviembre. Y tuvieron que pasar casi 30 más para su reconstrucción, la cual se inició en 1918 a cargo del arquitecto Josué Smith Solar. El, además de mezclar magistralmente estilos y tendencias, “conviritió una gradería deportiva en un palacio urbano de presencia imperial”, como asegura Albert Tidy. Este edificio significó un enorme reto para la carrera de Smith Solar y sin duda marcó un antes y un después en la arquitectura chilena. Y Oscar Ríos agrega: “Este arquitecto construyó el lugar por excelencia de nuestra capital para que santiaguinos, visitas, turistas y extranjeros se fueran a lucir”.

DE FIESTA

En 1923 el edificio finalmente se termina de construir y su inauguración fue todo un hito social. Al día siguiente, los lectores leían, de mano de un emocionado cronista, lo siguiente: “Fue una noche de hadas, una fantasía de las Mil y una noches. Intentar describirlo es algo tan difícil que resulta superior a las fuerzas humanas. Fue un idealismo, en todo sentido, algo grande y maravilloso. La elegancia que llevaban las damas es el más simpático sello de distinción, la música magnífica del baile, el bullicio de la charla reidora…”. Por su parte, El Mercurio, más sobrio, redactó: “No cabe duda del valor y la belleza de estas construcciones que se alzan frente al Hipódromo. Soberbia iluminación que hace resaltar en rayas de fuego el detalle arquitectónico de líneas impecables”.

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Esta fue la primera de las muchas celebraciones que se han realizado a lo largo de la historia del edificio. Sus paredes han albergado innumerables eventos, para los cuales sus asistentes han adoptado todo tipo de estilos, desde el más puro francés de principios del siglo pasado, a los años locos que vinieron a partir de 1920. Entonces, se dejaron atrás los trajes negros, los que fueron reemplazados por los blancos, incluidos los zapatos. La música, las tendencias y el ambiente también cambian, “todo se vuelve más refinado y elegante”, como asegura Oscar Ríos. Y agrega: “A la sociedad la inspiraba la moda derby, tipo inglesa, con negros y blancos. Y el Club Hípico era nuestro pequeño espacio británico de la ciudad”.

Este edificio ha sido el lugar perfecto para recibir a todo tipo de visitas ilustres –incluidos reyes, presidentes y personajes del jet set– y ha sido testigo de inolvidables eventos. Entre ellos, los intentos de vuelo que ocuparon sus canchas como pista. Con la Cordillera de los Andes de fondo, globonautas, astronautas y pilotos se embarcaban en naves para cruzar los cielos. Notable es la anécdota del francés Laiselle, que despegó en su globo y aterrizó en la casa de un vecino. “El señor Laiselle se elevó a gran altura y fue a caer, un rato después, sobre la casa del señor Juan Ignacio Vergara, quien recibió una visita inesperada”, relataba la prensa.

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Pero sin duda, la visita más insigne que ha tenido el Club Hípico fue la de la reina Isabel II en abril de 1968. Más de 20 mil personas fueron a recibirla mientras circulaba en su carroza Dumont. El banquete fue uno de los ítemes más recordados por la prensa (langosta, papas souflé, ensaladas y castañas confitadas) y su traje y tapado verde agua y sombrero blanco con flores, minuciosamente analizado. Según Ríos, este atuendo era típico de esa época, cuando ya se habían dejado de usar los sombreros grandes y todo era más sobrio y discreto. “En cuanto a los chilenos –agrega–, nos encontrábamos en nuestra mejor época, la más sobria y adecuada”. Ellos muy al estilo de la serie Madmen y ellas, con cortes suaves y abrigos evasé, muy lejos de la exageración de los treinta.

Para terminar, Oscar Ríos asegura: “El Club Hípico fue ese lugar que todos esperábamos, y que las damas encontraron para lucir sus prendas, los varones sus carros y la sociedad todo su refinamiento y buen gusto. Todo al más puro estilo inglés donde el reino era por un caballo”.