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Archive for May, 2018

Especial hombres: en los zapatos de ellas

Posted on: May 31st, 2018 by Caras

Sonia Montecino, abusos y machismo en la academia: “Es posible que aumente la violencia contra las mujeres”

Posted on: May 31st, 2018 by Lenka Carvallo

Fue la polémica —por no decir fatal comparación— de dos entrevistas que enfrentaban al escritor Rafael Gumucio y a la antropóloga Sonia Montecino a propósito de la ola feminista —en la edición semanal de La Tercera—, lo que dejó más que claro que la relación entre hombres y mujeres cambió. Y vaya cuánto. Ardió Twitter y el resto de las redes sociales con comentarios indignados ante la osadía editorial de poner en un rincón a una peso pesado del mundo académico e intelectual, Premio Nacional de Humanidades 2013, frente a un escritor que, si bien es admirado por su pluma e irreverencia intelectual, a decir de los furiosos lectores, no contaba con los méritos para estar a la altura del debate. Porque la demanda feminista se instaló en el centro de la agenda política (al cierre de esta edición se sumaba la Universidad Católica a los más de veinte establecimientos en toma) y hasta el Presidente Piñera debió reaccionar con un paquete de medidas que anunció en cadena nacional.

Atenta a todo este oleaje —según ella estaríamos frente a lo que sería la tercera ola del feminismo mundial— se encuentra Sonia Montecino, quien tras la polémica en La Tercera prefirió guardar silencio y concentrarse en lo que ahora sucede en su hábitat natural: el académico, donde el reclamo de las estudiantes destapó las desigualdades de poder y abusos que ocurren tanto dentro como fuera de las aulas.

“Las mujeres venimos desde hace más de cien años en un proceso político de protesta, de demanda y de profunda reflexión sobre nuestra posición en la sociedad. Pero esto que hemos hecho las mujeres no ha ocurrido igual con los hombres; ahora les llegó el momento de pensar sobre su posición, sus privilegios”, comenta esta antropóloga, convencida de que la revolución debe ser en conjunto, “pero eso pasa también por una reflexión sobre cuál ha sido su responsabilidad en este malestar, en esta rabia que se ha venido acumulando por generaciones. Eso lo veo entre mis alumnos, entre los jóvenes, y me da esperanza; tienen una gran conciencia de género, están apoyando a sus compañeras y en algunas de las tomas incluso cocinan, ¿te das cuenta?”.

Aunque agrega:

—Pero así como hay muchos hombres jóvenes que son muy feministas y otros intentan sintonizar y ponerse algún tipo de cortapisa mental, pensarlo dos veces antes de hacer algún comentario fuera de lugar, de igual modo hay hombres que reaccionan con violencia. En la toma de la UTEM, a la Facultad de Ciencias Sociales entraron encapuchados que quemaron autos y les tiraron bengalas a las niñas. Es un acto simbólico con una clara lectura. Y eso también ocurre —aunque con otro tono— en el mundo académico; mis colegas mujeres ahora han empezado a comentar que nuestros compañeros andan más agresivos, molestos, reclamando y diciendo que hay que desalojar a las alumnas en toma. Estamos hablando del mundo académico, donde se supone que están los hombres más cultivados, los más racionales, los grandes intelectuales… Entonces, tal vez podemos extrapolar que es posible que aumente la violencia contra las mujeres; es una reacción a la usurpación de su espacio y, además, una interpelación directa…

—Porque a los hombres les está moviendo el piso de poder.

—¡Obvio! Y si te están quitando tu espacio, o no quieres compartirlo, entonces actúas a veces agresivamente… ¿Pero quiénes son los que acosan, que cometen femicidios? Es deber de los hombres escuchar este mensaje y no ponerse a la defensiva y decir: ¡Nos están atacando!

 ¡INJUSTICIA!

A esta antropóloga de la Universidad de Chile, donde creó el Centro Interdisciplinario de Estudios de Género dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales, y desde 2016 miembro del Organo Evaluador del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco, autora de una serie de libros, entre ellos el reconocido Madres y huachos, las mejillas se le encienden (de pura rabia) al reconocer, una por una, la larga lista de injusticias que históricamente se han ido sucediendo al interior de las grandes universidades, ya no sólo con las alumnas sino que también con las académicas, un mundo al que Sonia pertenece y que conoce demasiado.

Claramente las reglas no son iguales para hombres y mujeres, incluso en el mundo ilustrado de las universidades, con la existencia de conductas que son vox populi pero que, como señala, se encontraban “naturalizadas”. “Pasa mucho que profesores con acusaciones de abuso o acoso sexual en otras universidades son contratados sin ningún cuestionamiento en otros establecimientos para ejercer las mismas funciones. Eso es perfectamente normal. ¿Cómo es posible?”.

—Se parece a lo que sucede con los sacerdotes que son cambiados de diócesis o de parroquia cuando se destapan escándalos por abusos…

—Es exactamente lo mismo.

—¿Entonces aquí también operan círculos de protección, pactos de silencio entre los hombres?

—Por supuesto, si basta ver cómo se conforman las comisiones académicas para elegir cargos, para calificar, etcétera. Por eso, cuando se habla de situaciones de abusos o acoso dentro de las universidades, notas el miedo entre algunas de las colegas. Claro, si te vas en contra de aquel que te está calificando, entonces mejor quédate callada, “muere piola”, como suele decirse. Es muy complejo… En la Universidad de Chile el 30 por ciento de las académicas son mujeres. Y la universidad es muy jerarquizada; hay profesores asistentes, asociados y titulares, donde la mayoría de estos últimos son hombres. ¡Si el desequilibrio de género muy grande! De ahí que la pregunta es: ¿cómo diablos entran las mujeres a la academia?

“Hay que decirlo: después de las tomas universitarias ahora son las propias académicas quienes han levantado su papel en esto; los problemas son dramáticos…Eso ha sido lo más fuerte”, dice sobre los efectos de las tomas.

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Muy seria, como marcando los puntos de una lista invisible pero que pesa, Montecino enumera la grave situación de desigualdad que afecta a la Universidad de Chile y que, asegura, no es exclusiva de esta centenaria institución.

En la punta del iceberg afirma que los textos de estudio que se dan a leer al alumnado “son casi todos de autores masculinos, canonizados por siglos… ¿Por qué no sacralizan también a Hannah Arendt o a Simone de Beauvoir?”, se pregunta. Agrega que las cátedras de género —muy necesarias en los tiempos que corren— tampoco son obligatorias… “Ahora las estudiantes en toma están planteando cambios en las mallas curriculares; exigen cursos obligatorios en cada una de las facultades, así como la revisión de los cánones tradicionales con los cuales se están trabajando en las distintas disciplinas”.

Todos síntomas de un ninguneo aún más profundo y que afecta a investigadoras y profesoras universitarias, para quienes resulta en extremo complejo hacer carrera institucional. “Hay una gran diferencia. Porque las mujeres tienen que encargarse de sus hijos, de las tareas domésticas, tenemos menos tiempo libre —y así lo demuestran múltiples encuestas al respecto— y, sin embargo, se les exige el mismo ritmo de producción que los varones. ¿En qué minuto escriben las mujeres en la universidad? Y todos sabemos que la carrera académica es tremendamente competitiva; te están pidiendo papers todo el tiempo, que publiques, porque eso aumenta el prestigio de la universidad”.

Montecino rebela el “maltrato” académico que también se expresa en la forma en que se califica la carrera de las mujeres, misión que —era que no— también recae en manos masculinas. “Así se atenta contra la dignidad de las mujeres… Porque, como dije, la carrera académica es muy competitiva, y además hoy las universidades están acosadas por estos rankings donde hay que ser las mejores. Entonces tienes que medirte según estos parámetros, y las maneras de hacer docencia de las mujeres, que son distintas a las de los hombres, muchas veces son mal evaluadas.

Y agrega un último dato: “Para colmo, las investigaciones que realizan las mujeres no ingresan al podio del reconocimiento como sí ocurre con los colegas hombres. Y eso es muy frecuente. Entonces, cuando hablamos de que en las bibliografías no existan autoras femeninas, es porque se desvaloriza nuestra contribución. Ahora, en la Universidad de Chile tenemos el ejercicio democrático de decirnos todo y estas cosas se comentan abiertamente. En las otras universidades, en cambio, este tipo de situaciones suceden exactamente igual, pero los mecanismos de correr el tupido velo son más fuertes”.

—¿Qué otra clase de desigualdades podría revelar, por ejemplo, desde lo cotidiano?

—En el lenguaje. Es muy común que un rector hable de “las niñitas”, en referencia a las académicas. Y muchas de nosotras ya estamos grandecitas, tenemos 60 años o más, ¡no somos niñitas! ¡No! —dice como si le hablara al rector—, yo no soy mijita, soy profesora titular, exactamente igual que usted, soy Premio Nacional de Humanidades, estoy sentada igual que usted acá. No me trate de mijita, ni de niñita, ni de nada”. Es importante el lenguaje.

—¿Y en relación a las alumnas, qué cosas ha visto como docente y que, claramente, ya no pueden seguir?

—Los abusos de poder o de acoso. Pero sería injusto decir que son sólo los profesores; aquí también participan los alumnos. Porque lo que hay es una estructura masculina naturalizada. Muchos colegas se justifican diciendo que no se dan cuenta de sus actos porque como han sido criados en la cultura machista y qué se le va a hacer… Hay carreras en las cuales hay más conexión directa con los estudiantes, cuando por ejemplo hay que ir a terreno… En algunas facultades eso está relativamente normado, y en otras no. Entonces también ahí son instancias que están fuera del aula que deben ser regularizadas…

—Sin embargo, se corre el riesgo de rigidizar en extremo las relaciones, que se caiga en una especie de puritanismo.

—Nosotros culturalmente pertenecemos a un mundo que es más de piel. El punto es cuáles son los límites que ahora, como sociedad, queremos trazar entre hombres y mujeres. Por algún lado tenemos que comenzar.

Iconos: mujeres de ayer, hoy y siempre

Posted on: May 31st, 2018 by Vanina Rosenthal

ROSA PARSONS: “La revista marcó un momento muy importante de mi vida. Las mejores fotos las hice justo antes de irme a trabajar fuera, entonces las usé para mi book en Nueva York. CARAS era una revista muy de vanguardia, y muy contradictoria en sus titulares. Por ejemplo había una nota que decía ‘Yo nunca me desnudaría’ y salía la persona sin ropa… Era muy rupturista en ese sentido”, recuerda Rosita Parsons, una de las modelos más fotografiadas en nuestros treinta años de historia.

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BIANCA HASSLER: Bianca Hassler formó parte del histórico Trecking CARAS a Punta del Este. Ahí, dice, afianzó su relación con la revista y se convirtió en una “amiga de la casa”. Tampoco dudó en aceptar la invitación: “Me gusta porque siempre convocan grupos heterogéneos y transversales”. Camaleónica como en sus mejores años de modelo, se demoró unos pocos minutos en hacer retratos de alto impacto.

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JOSEFA ISENSEE: “Colaboré muchísimo en las primeras revistas. Recuerdo especialmente una producción en la que estábamos todas vestidas de negro. Siempre creí que CARAS europeizó el tema de la moda y lo subió de nivel”, comenta Josefa Isensee, quien además confesó que muchas veces la invitaron a participar de proyectos fotográficos, pero nunca sintió tantas ganas como cuando la llamaron para hacer este retrato. “Me he cuidado mucho de aparecer en revistas porque ya no estoy en el día a día, pero la verdad es que esta vez ni siquiera lo dudé. Si estaban la Pin, Rosa… también tenía que estar yo”.

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TRINIDAD DE LA NOI: Su primera portada en CARAS fue en el especial Navidad 2013 junto a Carolina de Moras, Mahani Teave y Paly García: “Fue un honor que me eligieran como una de las mujeres más destacadas de ese año. Ha sido sin dudas la tapa más importante de mi carrera hasta hoy”, dice. Luego de esa primera producción vino otra en Cartagena de Indias, Colombia, y una tercera para un especial Verano, donde posó con varios modelos hombres dentro de una piscina. Con 20 años recién cumplidos, es la modelo con mayor proyección y por eso la elegimos como representante de la nueva generación.

Emilia Mernes, la nueva influencer

Posted on: May 31st, 2018 by María Fernanda Aguirre

Basta mirar de lejos a Emilia Mernes (21) –ex cantante del grupo de cumbia pop uruguayo Rombai y una de las influencers del momento en el mercado musical latinoamericano– para saber que es una nativa digital. Estamos en uno de los salones ejecutivos del hotel Noi y ella revisa los últimos DM (mensajes privados) que recibe en su cuenta de Instagram, donde es seguida por casi 800 mil personas.

Muchos de esos followers sienten que realmente la conocen; porque la ven a diario en stories, le hacen preguntas y Emi les contesta, pues es su forma de comunicar lo que sabe hacer: una cantante e influencer de tomo y lomo. Fue así como esta argentina nacida en Nogoyá saltó a la fama en 2016, a los 18 años, luego de ser descubierta a través de un video –que subió a sus redes– por el músico Fer Vázquez (voz principal de Rombai y actual pareja de la cantante).

“Fer me escribió, tuve una entrevista por Skype y semanas después ya estaba en el escenario”, comenta acerca de este camino sin retorno al anonimato que vivió; de viajes por las ciudades donde es seguida por miles de jóvenes, y Miami, donde ahora prueba suerte como solista. Es su segundo día en Chile y vino para rodar la última campaña de Index para Ripley. “Me encanta vestirme cool y teen”, cuenta mientras nos muestra una de las chaquetas de la colección.

Es ‘self-made’ por excelencia. Aprendió a cantar en su habitación y para esta sesión, decidió maquillarse ella.

–¿Cómo ha sido tu acercamiento con la moda?

–Me gusta andar cómoda y en los shows soy más jugada. Esa espontaneidad explica su éxito como una de las influencers con mayor engagement en Argentina. No hace dietas e incluso sube ‘memes’ para reírse de sí misma. “Si no eres verdadero, no llegarás a la gente”, dice. Lo cierto es que, espontánea o no, domina esta industria a la perfección.

–¿Cómo cuidas tu privacidad?

– Trato de ser lo más real posible. Si me siento mal, si necesito apoyo, también les cuento a las chicas a través de Twitter.

–Pero las redes son un arma de doble filo…

–Si alguien dice ‘No puedes hacer esto o eres fea’, por ahí te hace dudar. La gente no se da cuenta de que puede ser muy dañina.

–¿Te afecta?

–No. La verdad es que los comentarios positivos superan por mucho a los negativos. Obviamente, no puedo gustarle a todos.

–¿Algún mensaje para tus followers?

–Que sean felices haciendo lo que les gusta. ¡Ah, y que suban contenido a redes sociales! ¡Alguien los puede descubrir! Siempre siendo cuidadosos.

Algunos de sus fans esperan pegados a los escaparates para capturarla con sus smartphones. Es cercana y se toma el tiempo para saludar. Más tarde pedirá a nuestro fotógrafo un retrato con otro outfit para su cuenta de Instagram, pues sabe que no hay segundo –ni like– que perder. En tanto Nacho, su manager y amigo de la misma edad, registra cada pose para stories. Emilia ya es una marca en sí misma, y lo sabe.

“Vibras”, lo nuevo de J Balvin: reggaetón sin culpas

Posted on: May 30th, 2018 by Sebastian Cerda

Existen dos dimensiones a partir de las cuales podría tomarse el título de esta reseña.

Uno: Desde hace un tiempo, el concepto de reggaetón se ha venido expandiendo bastante más allá de lo que en su origen significaba. En principio, lo utilizábamos únicamente para referirnos al machaqueo incesante del dembow, ese ritmo deudor del raggamuffin presente en viejos himnos del género, como “La gasolina” et al. Pero como la expansión estilística hacia ese hoyo negro que hoy llamamos “música urbana” fue liderada prácticamente por los mismos reggaetoneros de siempre, no nos molestamos en hacer demasiadas precisiones. Si suena latino, es bailable y apunta a un público juvenil, qué más da. Digámosle reggaetón.

Desde luego, la altura artística no ha sido ni de cerca lo que ha caracterizado a esta acepción amplia del género (bueno, a la reducida tampoco). En la lógica de YouTube y Spotify, cuando la huella se marca más que nunca en cifras verificables e indesmentibles, el impacto se ha transformado en la única meta posible, objetivo que nunca se ha llevado muy bien con búsquedas algo más elaboradas.

Dentro de los márgenes que esta esfera permite (no olvidemos que hablamos de música urbana, no de rock progresivo), J Balvin ha intentado instalarse en un sitial distinto, erigiéndose como el encargado de marcar las diferencias y estirar los límites superiores. ¿Es tan así? Sin dudas que hay mucho de marketing y buena prensa en esa premisa, pero no hay que desconocer que el colombiano efectivamente se ha mostrado como uno de los más propositivos e inquietos de su camarilla.

Una mitad del reciente disco Vibras, estrenado el viernes 25 de mayo, intenta reforzar esa idea. La sola apertura ya da cuenta de ello, con una bienvenida dada por la voz de Carla Morrison, una de las musas del indie mexicano y antecedente directo de sucesos como los protagonizados por Natalia Lafourcade y Mon Laferte. Aunque figura como track, la etérea “Vibras” (la canción, no el disco) es apenas una cortina, una intro, pero en este marco es quizás también una declaración de principios por parte del anfitrión.

Aunque el enorme éxito de “Mi gente”, el segundo corte, transforma a los análisis en algo sobrante a estas alturas, valga decir que su apuesta extrema por la concreción y la reiteración, su intento por llegar al origen del goce rítmico, su ataque directo al sistema nervioso central, también lo hacen merecedor de un lugar en este apartado. La presencia de un colaborador francés, Willy William, sólo vino a poner la guinda en este postre primitivo de efecto global.

En tanto, “Cuando tú quieras”, “En mí” y “Brillo”, se instalan como nuevos capítulos en los intentos de Balvin por demostrar que el espectro urbano puede entenderse más allá de la pista de baile, e incluso servir como tubo de ensayo para la incorporación de sonoridades, tal como pasara hace un par de temporadas con “Safari”, tema que bien parece un progenitor de los mencionados.

Pero dijimos que esto del reggaetón sin culpas es un asunto bidimensional. Y si en la primera acepción el colombiano apela al auditor, como buscando que hasta los detractores del género se permitan escuchar sin remordimientos a uno de sus exponentes, en la segunda el aludido parece ser el propio artista.

Porque entre los viejos y nuevos intérpretes urbanos, el reggaetón hacía rato había pasado a una segunda línea, en beneficio de menjunjes tropicales de la más diversa índole. Aunque la etiqueta siguiera presente, los últimos éxitos del género filtraban más sabor a dance, salsa, merengue y otros ritmos bailables, antes que al originario de Puerto Rico.

En Vibras, en cambio, J Balvin despliega todo un continuo de retorno, en modalidades algo más tangenciales (“Ambiente”), de vibración romántica (“No es justo”) o con reggaetón en estado puro (“Ahora”, “Peligrosa”).

La pregunta parece quedar en el aire: ¿Cómo ser más alternativo dentro de una escena que venía explorando por fuera de un estilo? Simple, volviendo a él.

Pero incluso con ese antecedente la etiqueta de “reggaetonero” termina siendo inexacta al hablar de este artista. La propuesta general, amén del efecto y la estampa, transforman hoy por hoy a J Balvin en un auténtico popstar de sello latino. Uno para el cual el nicho de la música urbana sigue resultando natural y seguro, aunque cada vez más estrecho.