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Archive for May, 2014

Madhaus: La autogestión de tres artistas

Posted on: May 30th, 2014 by Mariangeles Vega

Madhaus es una galería de arte contemporáneo emergente que la artista visual Constanza Ragal, junto a sus dos socios Cristián Elizalde y Cucho Avendaño, han creado hace algún tiempo. Se posicionó en el medio de forma veloz, hecho que para estos tres jóvenes es casi una locura, ya que a menos de 20 días de su concepción e instalación en el efervescente Barrio Italia, no dan abasto con las solicitudes de artistas que desean participar. Las exposiciones están agendadas hasta diciembre, todo esto sin haber realizado la inauguración oficial aún. ¿Cómo lo hizo Madhaus para contar con un staff de artistas de calidad, como Fab Ciraolo y Marcela Trujillo?

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Aparte de la buena disposición y la excelente gestión que ha tenido su equipo, el mayor atractivo es que este lugar está conformado por artistas. Sin duda esto se agradece al equipo de la galería, quienes ceden parte de su tiempo de creación para dar vida a este espacio que se instala como una plataforma de difusión de la nueva generación de artistas visuales de la escena local, tanto de Chile como del extranjero.

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Al ser un espacio concebido desde el punto de vista de artistas visuales, sus pares inmediatamente empatizan con la galería y saben que el trato será justo, sin mencionar que las noticias se mueven rápido en el circuito y no pasa desapercibido un proyecto de este calibre, el cual se centra en propuestas de vanguardia, innovadoras y experimentales.

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Como bien describe Madahus en su línea curatorial, este un espacio para los artistas emergentes que tantas veces les cuesta asociarse a una institución para ser difundidos por diversos motivos: algunos no se sienten representados por la línea de las galerías o simplemente, por la burocracia que muchas veces impide siquiera ser considerado. Esta exposición se distancia de ello sin ceder en el profesionalismo y calidad, y su desarrollo no ha sido impedimento para transmitir confianza y seguridad a los artistas.

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En términos de mercado, este espacio atiende la necesidad de un público adulto–joven, o bien uno menos tradicional, que desea encontrar obras de arte a precio accesible y de buenos tamaños, debido a que en su mayoría, la colección de Madhaus se compone por muestras de formato pequeño y mediano, lo que produce una mayor cercanía.

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Además, se puede recorrer cómodamente sus acogedoras instalaciones en forma muy fácil. La galería dispone de dos espacios de exhibición, una muestra de colección permanente y otra de exposiciones periódicas. También una tienda de arte con objetos de diseño, libros y editoriales de arte, es parte de esta muestra.

En Madhaus participan 33 artistas entre los que destacan Rocío Aguirre, Cosmo Gonik, Sebastián Maquieira, Celine Reymond, Tan Vargas y Yisa, entre otros.

Si usted decide dar una vuelta por el Barrio Italia, es visita obligada ir a la Factoría Tegualda, donde se encuentra esta interesante galería.

Cuándo: Inauguración 30 de mayo a las 19:30 hrs.

Dónde: Tegualda 1513, Factoría Tegualda.

Cuánto: Entrada liberada.

Elías, el iluminado

Posted on: May 30th, 2014 by Marcelo Simonetti

En un momento de esta nota, Elías Figueroa —el grandísimo Elías Figueroa— se quiebra. Quien fuera el mejor jugador de América por tres años seguidos; quien disputa con el alemán Franz Beckenbauer el título del mejor central de la historia del fútbol; el chileno que quiso el Real Madrid casi dos décadas antes de que Iván Zamorano llegara al club merengue, por unos segundos tiene que levantarse de su silla y respirar hondo para que las lágrimas no le salten de los ojos. 

Elías Ricardo Figueroa Branden tiene el porte de los robles. A sus 67 años mantiene la estampa con la que construyó su leyenda en el área. En una entrevista de televisión para O’Globo, a principios de los ’70, miró a la cámara y apuntó con el dedo —mucho antes que lo hiciera Ricardo Lagos— para sentenciar: “Les digo a todos los delanteros de Brasil, el área es mi casa, ahí entra quien yo quiera, y quien entre sin permiso, aténgase a las consecuencias”.

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Quien lo hubiera conocido de niño no podría haber adivinado su futuro. Cuando tenía dos años sufrió de difteria —le hicieron una traqueotomía para curarlo; aún lleva la cicatriz—; luego padeció de asma. El niño Figueroa apenas corría debía volver a la casa para meter la cabeza en una olla y aspirar los vahos de manzanilla o eucalipto que le preparaba su madre y lo aliviaban de los ahogos. 

No cumplía los once años cuando cayó en cama por un principio de poliomielitis. No sentía las piernas. Por las noches, mientras todos dormían —sus padres y sus tres hermanos—, trataba de ponerse en pie. Lo intentaba a diario. “Un día, después de largo tiempo, lo conseguí. Llamé a mi mamá. Casi se fue de espaldas”, dice. Con todo, debió aprender a caminar de nuevo, ayudado de muletas. ¿Quién podía apostar que ese niño se iba a convertir en el mejor jugador de la historia de Chile y uno de los más respetados de América? Nadie.

Nació en el cerro Polanco, en Valparaíso. Su padre era ferroviario. Su mamá dueña de casa. Cuando el asma se convirtió en un problema se mudaron primero a Quilpué, luego a Villa Alemana. Fue en esta localidad donde el principio de polio lo tiró a la cama. “Lo único bueno de eso fue que me pegué el estirón. Yo era gordito, chico. Después de estar en cama un par de meses era más grande que los mismos compañeros que habían sido más altos que yo”, recuerda. 

Entonces llegó al fútbol. La primera vez que entrenó en Wanderers lo hizo en el equipo infantil. Tenía quince años. “Entrené solo un día con los infantiles. Después me vio el entrenador de juveniles y me dijo que entrenara con ellos. Al tercer día ya entrenaba con el primer equipo”, cuenta. 

De esos días también es su pololeo con Marcela Kupfer. “Yo creo que mis suegros le tenían programado un casamiento con alguien. No esperaban que este negrito echara a perder la raza. Su mamá tenía una farmacia y el papá una pequeña industria metalúrgica. Eran suizos-alemanes. Y claro, mi papá trabajaba en la maestranza, en Barón”.

Con apenas 16 años, Elías Figueroa se armó de valor —en realidad, le sobraba— y fue a la casa de los Kupfer a pedir la mano de su polola. 

—Me quiero casar con su hija —le dijo el muchacho Figueroa.

—¿Y usted qué es lo que hace? —respondió el futuro suegro, sin saber quién era al que tenía delante.

—¿Cómo? Soy futbolista. 

—Y eso qué, mis hijos también juegan a la pelota en el patio.

—Pero yo soy profesional.

—¿Y de eso se vive?

—Sí y vamos a vivir muy bien —remató Figueroa. 

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En verdad, no podía saberlo. En Wanderers ganaba 150 escudos, y luego, cuando se fue a préstamo a Unión La Calera, llegó a los 300 escudos, algo así como 200 mil pesos de hoy. La situación cambiaría más tarde, una vez que fuera titular en la selección que disputó la Copa del Mundo de Inglaterra, en 1966: su sueldo aumentó hasta los 800 escudos. Pero cuando se casó con Marcela Kupfer, su ingreso mensual no pasaba de los 150.

“Yo gastaba 80 escudos en arrendar una casita en Villa Alemana. Y muchas veces no me alcanzaba para pagar el abono del tren en el que viajaba a diario a Valparaíso. Entonces, muchas veces me bajaba en una estación para pasarme al carro que iba delante, y así evitar al cobrador… Mi mujer siempre estuvo a mi lado; siendo una niña con mejores condiciones económicas, nunca me alegó. El año pasado cumplimos 50 años juntos y nos volvimos a casar en Villa Alemana”, apunta Figueroa.

De Montevideo sacó la garra charrúa. Después del Sudamericano de 1967 —donde se lució—, lo querían de Independiente de Avellaneda (Argentina), de Millonarios (Colombia) y de Peñarol (Uruguay). Los encandilaba ese estilo tan particular para un defensa central. El hecho de que le gustara salir jugando, con la pelota en los pies no era usual para ese puesto —si había algo que siempre le molestó a Elías Figueroa fue reventarla contra la galería—; tampoco el convertirse en un agente ofensivo en los servicios con pelota detenida —no había córner en el que Figueroa no subiera a buscar el cabezazo—, el chileno fue uno de los primeros zagueros con vocación de gol.

Los dirigentes de Peñarol lo fueron a buscar en un taxi aéreo, mientras negociaba con los argentinos en Buenos Aires. “Era una avioneta para cuatro personas. Terrible. Cruzamos a Montevideo, firmamos y luego me llevaron de vuelta”, recuerda. 

La vida en Montevideo fue muy diferente para los Figueroa-Kupfer. Ahora tenían una casa grande y los viajes para el defensa chileno fueron parte importante de su incorporación a Peñarol. “Siempre digo que no sé si me hubiera ido tan bien en el fútbol de haberme ido directo de Chile a Brasil. En Uruguay saqué la garra. Jugábamos de local donde fuéramos. Hacíamos muchas giras. Viajábamos a Europa. Era un equipo campeón del mundo. Un día al Barcelona le hicimos cuatro en España. Y si había que agarrarse a combos, nos agarrábamos. Eramos bravos. Me acuerdo que nos tocó venir a jugar a Chile por semifinales de la Copa Libertadores. Enfrentamos a la ‘U’, que tenía un equipazo; el Ballet azul. Eran candidatos a ganar la Copa. En una jugada yo le entré con fuerza al Chico Araya. Lo reventé, pero con pelota. Al otro día el diario titulaba con ‘Nos cambiaron a Elías Figueroa; ya no es el jugador técnico, ahora pega patadas’. Me acuerdo que los jugadores estaban furiosos conmigo. Rubén Marcos me decía ‘ya, poh Elías, déjanos ganar’. Los eliminamos y en la final caímos frente a Estudiantes de la Plata”.

Al poco tiempo, los problemas económicos afectaron las arcas de Peñarol. Llegaron ofertas de Real Madrid y de Internacional de Porto Alegre por el zaguero chileno. Pero Europa no era entonces el paraíso futbolístico que es hoy día ni tampoco pagaban los sueldos que pagan hoy. 

“Yo tuve la suerte de enfrentar a grandes jugadores, partiendo por Pelé. Lo enfrenté en la selección y luego en el campeonato brasileño. Por eso cuando dicen, ‘ah, pero Elías no jugó en Europa’, no los entiendo. Pelé, que es el mejor del mundo, jamás fichó en un club europeo. De haber querido yo habría jugado en el Real Madrid, pero no me interesaba. Cuando tuve que elegir, preferí firmar en Internacional de Porto Alegre; estaba a una hora de Montevideo y, además, en Brasil jugaban todos los campeones de México ’70. Yo me enfrenté con los mejores: Cruyff, Muller, Platini, Maradona…

—¿Es cierta esa anécdota con Maradona, la de la foto?

—Eso fue a fines de los ’70, cuando Maradona estaba en su plenitud. Me acuerdo que fue para un partido en Mendoza. Ibamos saliendo del túnel cuando un fotógrafo argentino me pidió que hiciéramos una foto con Diego. Yo respondí que sí, que lo fuera a buscar y hacíamos la foto. Y el fotógrafo lo fue a buscar y se ve que le decía que quería que hiciéramos la foto, porque yo veía cómo me apuntaba. Entonces, el fotógrafo volvió donde yo estaba. ‘Diego dice que vayas’. Ahí le dije que no, si él no venía no había foto. Y no hubo. Después de ese episodio y con los años nos hemos convertido en grandes amigos con Diego.

En Brasil llegó la consagración. Obtuvo varios campeonatos estaduales con Internacional, pero la gran jornada la vivió el 14 de diciembre de 1975. En toda su historia, Internacional no había conseguido ganar el título de campeón de Brasil. En rigor, ningún equipo del sur, ni siquiera Gremio, había podido ganar el torneo. Esa tarde enfrentaban a Cruzeiro. El primer tiempo había terminado sin goles. Inter necesitaba marcar para poder conquistar el esquivo título. A los 11 minutos del segundo tiempo, el juez marcó una falta cerca del córner de Cruzeiro. 

“Cuando cobraron la falta, yo le dije a mi compañero de zaga, Erminio, ‘voy a subir a hacer el gol’.  Me fui al ataque y una vez que llegué al área todo el mundo comenzó a marcarme. Cuando Valdomiro le pegó, yo corrí hacia la pelota, me elevé y le di un frentazo seco. Fue el gol del título. Todos celebramos. Pero en la noche cuando pasaron el gol por televisión y luego en las fotos de los diarios, se advierte un rayo de luz que cae del cielo y que está alrededor mío. Nadie sabe de dónde vino, pero ahí está. Desde entonces se le llama el gol iluminado. Pero la verdad es que en la vida me han pasado varias veces cosas así”.

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—¿Cómo cosas así?

—Cosas que son difíciles de explicar, que la gente quizá malentienda.

—¿Místicas?

—No sé. Cosas que cuesta creer. Por ejemplo, cuando vivía en Villa Alemana y volvía de entrenar, siempre pasaba a la casa de mi papá antes de seguir a la mía. Hacía el trayecto caminando. Una vez me fui con un racimo de uvas. No había avanzado ni cien metros cuando vi una viejecita sentada en el suelo y que pedía algo para comer. ‘Dame uva, mijito, dame uva’, decía. Yo le regalé todo el racimo y ella me lo agradeció. No di más de cinco pasos y me giré para verla y ya no había ni viejita ni rastros del racimo de uvas. Lo mismo me pasó con un perro negro que una tarde me acompañó hasta mi casa, cuando quise darle algo de comida ya no estaba.

—¿Qué interpretación le da a esas cosas?

—Ninguna. Son cosas que pasan. No sé por qué me ocurren a mí. Pero ahí están. No me gusta contarlas porque la gente se ríe. En otra ocasión vi a un Cristo que me hablaba. Estaba en la cama con mi mujer, durmiendo. Y de pronto desperté y vi en la ventana a un Cristo, con los brazos abiertos, que me decía: ‘Yo te protejo, yo te protejo, yo te protejo’. Fue como una luz que entró por la ventana y luego se disipó. Intenté despertar a mi mujer, pero cuando ella despertó, la luz ya no estaba.

—¿Y cree que cumplió, que lo protegió?

—Yo creo que sí.

En 1973, Chile debió enfrentar a la urss
a pocos días del Golpe. En ese encuentro en Moscú, Figueroa fue la gran figura del empate sin goles que pavimentó el camino a la Copa del Mundo de Alemania. Le costó llegar, primero porque su club lo autorizó a última hora a viajar; segundo porque recibió amenazas telefónicas para que no defendiera a Chile en ese trance. “Mi mujer no quería que viajara. Nos habían amenazado con raptar a nuestros hijos si jugábamos por la selección. El ambiente político estaba muy enrarecido entonces. A mí me importaba jugar por Chile. Viajé igual”, cuenta.

En ese partido fue una muralla. Oleg Blochin, el delantero más peligroso de la URSS, se hacía un festín por la banda izquierda de Chile. Figueroa fue con todo a su encuentro. “Lo crucé no con la intención de quebrarlo. Pero fui fuerte. Lo saqué a la pista de rekortán. Con el otro delantero ruso apliqué la picardía charrúa. Cuando quiso amagar para un lado, le pisé el pie de apoyo, sentí como crujía su rodilla”.

El Mundial de 1974 fue uno de los grandes momentos de Figueroa. A pesar de que Chile jugó solo una ronda, fue elegido como el mejor en su puesto y fue parte del equipo ideal junto al alemán Franz Beckenbauer. Fue entonces cuando el Káiser dijo eso de que él era el Elías Figueroa de Europa.

“La selección del ’74 fue un equipazo. Todos estábamos en nuestra plenitud: Caszely, Reinoso, Quintano, yo. Fue injusto que no avanzáramos. En alguna medida, la selección actual tiene cosas parecidas; hay muchos jugadores que pasan por un gran momento. No me extrañaría que Chile avanzara en Brasil 2014. Es una gran selección. Nadie debería sorprenderse si incluso llega a disputar la final”, dice. 

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La vida de Elías Figueroa ha seguido ligada al fútbol. Hoy tiene una corporación a través de la que fomenta los valores deportivos (Gol iluminado) y viaja seguido a recibir los homenajes que hasta el día de hoy le siguen haciendo. 

¿Habrá pensado alguna vez, cuando aún no era quien fue, que podía tocar el cielo con las manos?

Elías Figueroa sonríe. Y asiente. “Sí, claro que soñaba con esta vida. Con mi mujer, ¡éramos tan cabros! Jugábamos a que ella me entrevistaba en esa casita en Villa Alemana. En nuestros sueños ella era una gran periodista y yo era un gran jugador…”. Entonces, las palabras no saben cómo salir de su boca. Por unos segundos, tiene que levantarse de su silla y respirar hondo para que las lágrimas no le salten de los ojos. 

 

La coach de los actores

Posted on: May 30th, 2014 by Felipe Rodríguez

En los ’80, cuando era adolescente, Moira Miller tenía una rutina en sus viajes a Viña del Mar: acompañar a su padre Hugo, uno de los forjadores de la televisión en Chile, al restorán Samoiedo a reunirse con el guionista Arturo Moya Grau. Esas conversaciones eran premonitorias. Entre café y café, el escritor adelantaba los libretos del hit televisivo del que todos hablarían en seis meses más y Moira se enteraba primero que nadie. “Moya Grau decía: ‘Hugo, se me ocurrió esta historia’ y contaba todo lo que escribiría. A mí me entretenía mucho porque sabía que en un tiempo más, toda la gente comentaría lo que ellos conversaban”, recuerda.

Ligada a la televisión desde pequeña por su padre y su madre, la actriz Liliana Ross, Moira Miller nunca cortó el vínculo con la pantalla chica. Tras estudiar teatro en la Universidad Católica, hizo papeles en telenovelas de Canal 13  antes de apostar en un área inexistente en el país: coach de actuación. ¿Cómo lo hizo? “Partí en un documental de Marialí Rivas llamado Blokes. Nadie daba un peso por él y quedamos en la selección del festival de Cannes. Nos abrió un montón de puertas. Ella pudo hacer Joven y Alocada y yo trabajar con distintos directores como Pablo Illanes o Andrés Wood”, cuenta.

En rigor, el coaching actoral es un trabajo surgido en Estados Unidos y es un reforzamiento de las escenas. Estas se repiten varias veces con los protagonistas antes de la grabación para que, al registrarlas, queden perfectas. Miller debutó en esta labor en TVN con la teleserie Vuelve temprano,  y desde marzo cumple idéntico rol en Mega, canal que en julio comienza la refundación de su área dramática.

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—¿Es fácil encontrar talentos?

—Los talentos hay que salir a buscarlos. Asisto a los exámenes de las escuelas de teatro, veo películas chilenas, miro las teleseries, reviso currículos, etc.

—¿Cómo te ven los alumnos?

—Bien, pese a que es un entrenamiento riguroso, de cuatro horas diarias. Lo que hago es tratar que la gente que entra a la televisión se enamore de la actuación y también incentivar a los que llevan años trabajando en teleseries.

—¿Cómo se puede motivar, por ejemplo, a un Pancho Reyes?

Pancho es de los motivados. A él sólo le debes poner buenos compañeros al lado. En este trabajo no puedes creer que solo porque eres lindo vas a estar ahí. La televisión necesita de la belleza, pero también necesita del talento. De lo contrario, no existiría Don Francisco.

Mario Kreutzberger es un personaje que aparece constantemente en el discurso de Miller. Descubierto por su padre cuando formaba parte de los talleres artísticos de las juventudes judías en el Maccabi, el animador de Sábados Gigantes es cercano a su familia. “Cuando era chica, siempre iba a mi casa o nosotros a la suya”, rememora. La hija de Liliana Ross cuenta que, hasta hoy, mantiene una excelente relación con él —gracias a ella, Kreutzberger tiene un papel en la película Los 33, liderada por Antonio Banderas— y le entregó un consejo fundamental sobre televisión. “Un canal sin área dramática no cuenta con línea editorial. Ese es el gran eje de su mensaje televisivo”.

Antes de su rol de descubridora televisiva, la actriz estuvo casada dos años con Vasco Moulián. Fue su novio en la escuela de teatro y, aunque muchos todavía se sorprenden de su relación, Miller cree que fue parte de un aprendizaje. “No lo veo hace años y no es tema ni tampoco me arrepiento. Lo veo como una experiencia que me llevó a armar mi actual núcleo familiar, con quienes soy muy feliz”.

Los primeros pasos de coaching de Miller los dio en un sector ajeno a su profesión: los animadores. Entrenó a periodistas como Polo Ramírez, Constanza Santa María y Fernanda Hansen en Canal 13. Aunque su primera discípula fue una abogada: Macarena Venegas. “Ella tenía miedo que su labor como abogada quedara mellada. Con Fernanda Hansen fue difícil porque trabajamos después de su accidente en la columna y esa lesión te afecta la emoción. Polo tenía el gran miedo de todos los periodistas: quedar como idiota”.

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—¿De dónde has sacado influencias para tu trabajo?

—Principalmente de las series gringas. Me alucina como cuidan a los actores. Ellos, por ejemplo, tienen actores suplentes que están solo en el set para que iluminen la escena, que ocupan el mismo color de pelo y la ropa que los actores que grabarán. Así, el iluminador deja el trabajo listo cuando el actor llega a trabajar. Es bien impresionante.

—¿Nunca miraste en menos la televisión?

—Mi papá abrió la primera área dramática de Canal 13 y junto a mi mamá me enseñaron que a los actores nos corresponde tomarnos todos los espacios. Claro, hay actores que tú escuchas decir que prefieren hacer de mimos antes que actuar en la tele. Pero ahí recuerdo una frase de mi papá cuando ocurrían estos casos: se le nota mucho que quiere estar en la tele. Eso es ser engrupido.

—¿Son engrupidos los actores?

—Los de mi generación, totalmente. Los actuales, no están ni ahí. Los de los ’80 fuimos súper prejuiciosos. Teníamos la idea que la cuica era lesa y el pobre no tenía formación. Ahora, los cabros cuentan con un roce porque viajan mucho y eso provoca menos recelos. En mi época, una persona de clase media no iba a ningún lado y ahora por poca plata vas a Buenos Aires.

—¿Cuál es el nivel de los actores chilenos respecto a los latinoamericanos?

—A nivel interpretativo, es alucinante en Chile. Estamos bien cotizados en Latinoamérica. La serie Prófugos de HBO fue un éxito porque nosotros tenemos un manejo de la gestualidad económico, medido. Algo que no se encuentra en todos lados.

—¿Qué actores de la nueva camada con que trabajas tienen futuro?

—En Vuelve temprano hay un grupo talentoso. Gabriel Cañas, Félix Villar, Constanza Contreras, Fernanda Ramírez y Pedro Campos. La gente quiere nuevas caras en la televisión y con tanta ficción se va a lograr una renovación. Tengo mucha fe.

 

Paparazzi de colección

Posted on: May 30th, 2014 by Cristina Hadwa

Paparazzi de colección

Posted on: May 30th, 2014 by Cristina Hadwa

De golpe varios flashs, que emanan de una instalación de Malachi Farrell llamada Interview (Paparazzi), estallan contra los atónitos visitantes. Se suman en el audio gritos y uno imagina empujones, movimientos de multitud. Cuando el famoso aparece en público todo pasa muy rápido y con extrema violencia. Gracias a un conjunto de fotografías que representa a los paparazzi ‘cazando en jauría’, esta introducción tiene por función hacer sentir la presión que vive una estrella.  

Fue una osadía llevar al museo a quienes nadie considera fotorreporteros, hasta ellos mismos se llaman ‘ratas’. Y es que los creadores de la muestra quisieron proponer a los visitantes un cuestionamiento de nuestro tiempo, de la celebridad y de la sociedad híper mediatizada que disminuye cada vez más los límites entre lo público y lo privado. 

Incluso antes de su apertura, la muestra despertó reacciones y polémicas, en especial entre algunos que han sido víctimas de los paparazzi. Mazarine Pingeot, la hija por años escondida del ex presidente François Mitterrand, vio su existencia revelada al pueblo francés por una foto robada y no ve evidentemente nada de artístico en la gestión de un cazador de imágenes y que precisamente aquella fotografía sea parte de la muestra. Sébastien Valiela, el mismo fotógrafo que destapó la relación de Hollande y la actriz Julie Gayet, fue quien hizo que los franceses la descubrieran en Paris Match en 1994. Interrogada en la radio France Inter, Mazarine dijo ver en el proyecto un “fracaso del gesto artístico”. 

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Varios medios franceses entrevistaron a Pingeot y a Valiela, los platós de televisión, los programas de radio hervían con debates casi violentos. Durante uno de los programas más respetados, Le Grand Journal, su periodista estrella, Jean-Michel Apathie preguntaba a sus interlocutores casi rojo de ira: “¿Usted iría a ver una exposición de cuadros robados? No, eh bien, son imágenes robadas”. Pero no se quedó ahí. Absolutamente choqueado por la elección del tema volvió a lanzar en su programa en la radio RTL: “Es un insulto a los valores que tenemos en común. El trabajo honrado por este museo nacional, está hecho por ladrones de fotos que espían a la gente, vigilan y acosan a personalidades conocidas, que bañan de dinero a confidentes sin moral, que corrompen a personas débiles, que mienten y trucan lo que les sirve para su pequeño comercio. ¡Y eso lo presentan hoy como un trabajo artístico!”.

Para explicar mejor la muestra y salir de tanta polémica, uno de sus curadores, Clément Chéroux precisó: “No es una exposición sobre la actualidad. No nos ponemos del lado de los paparazzi ni de las estrellas”. De hecho, a través de la puesta en escena de las centenas de fotografías, pinturas, videos y otras disciplinas se consigue formular las preguntas adecuadas sobre lo que es a la vez un fenómeno social, histórico y estético. 

La tarea no fue fácil para sus comisarios que tuvieron que identificar las mejores fotos y luego buscarlas. Además de tratar de montar una muestra cuando las imágenes más conocidas en los medios son las más caras o no pueden ser mostradas por problemas judiciales, como explicó Clément Chéroux: “retiramos ciertas imágenes después de consultar un abogado. El objetivo no era correr detrás de scoops ni hacer voyerismo insano”.

En otra de las salas podemos ponernos del lado del caza imágenes. El oficio es más complejo de lo que parece. Deben ser ingeniosos, llevando a cabo operaciones muchas veces complejas y riesgosas. Cada uno posee pequeños trucos y anécdotas, como aquella de Ron Gallela cuando seguía a Elizabeth Taylor y Richard Burton en el rodaje de Hammersmith is out, quien cuenta que lo atraparon en el plató: “Burton me conocía y envió a tres guardaespaldas a golpearme. Me quebraron la nariz y un diente. Tomaron mis rollos, fueron a mi hotel y confiscaron otros 15, o sea, dos semanas de trabajo y más de 500 fotos. Destruyeron mi obra. Entablé una demanda contra Burton y Taylor. Pero perdí el proceso…”, recuerda.

A través de una serie de entrevistas con algunos de los grandes paparazzi de nuestra época y la evocación de sus herramientas de trabajo, desde la cámara espía al teleobjetivo, pasando por algunos de sus disfraces, esta sección explora su vida diaria. Se les pregunta si existe una ética paparazzi y aunque muchas respuestas no hablan muy bien de ellos, una bastante conmovedora es la de Francis Apesteguy, quien cree que “cada persona tiene sus propios límites. Tengo colegas que fotografiaron al hijo de Romy Schneider en la morgue, disfrazándose de médicos; yo no hubiera podido hacerlo, porque yo tenía un hijo en la época. Quizás hubiera hecho lo mismo si no hubiese sido madre, es una cuestión de referencias mentales”. 

Las víctimas de las cámaras son mayoritariamente mujeres. Entre las más fotografiadas a partir de los años ’50 están: Elizabeth Taylor, Jackie Kennedy-Onassis, Brigitte Bardot, Carolina y Estefanía de Mónaco, Ladi Di, Paris Hilton y Britney Spears. Cada una tiene su espacio. Y cada una es el reflejo de una época, y al mirarlas en conjunto dan cuenta de los cambios en el estilo del trabajo de los paparazzi. Las imágenes de Jackie Kennedy-Onassis o Brigitte Bardot tomadas de lejos en sus casas de playa son muy diferentes a las de Britney Spears, sacadas de cerca saliendo de un auto sin ropa interior. Esto tiene una explicación según Clément Chéroux, comisario de la exposición: “en los ’50 y ’60, los paparazzi buscaban el instante decisivo. Imágenes que resumieran en un cliché una situación. Hoy, esos fotógrafos practican el Strolling, es decir, el paseo. Van a fotografiar a una estrella que hace sus compras. Es una fotografía de tiempos débiles. Esto debe mucho al advenimiento de la telerrealidad, como si un cordón umbilical nos uniera a ellos”.

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Igualmente, a través del recorrido se observa que los paparazzi generan una estética particular: la rapidez y la improvisación con la que toman las fotografías tienen consecuencias sobre la composición: el teleobjetivo, utilizado de lejos, o el flash de cerca, tienen tendencia a aplastar la imagen. La reacción de las celebridades protegiéndose el rostro con la mano se convirtió así en un símbolo muy representativo de la agresión mediática.

Esta supuesta estética que se creó a través de las fotos captadas inspiró a varios artistas del Pop Art, del Post-modernismo o de corrientes más contemporáneas, desde Richard Hamilton a Paul McCarthy pasando por Valerio Adami, Barbara Probst o Gerhard Richter. Fotógrafos como Richard Avedon, William Klein y recientemente Alexi Lubomirski o Christian Leseman, fueron los primeros en transformarse en paparazzi para algunas campañas de moda. Otros ejemplos son el estadounidense Gary Lee Boas, el colectivo austriaco G.R.A.M. o la inglesa Alison Jackson, quien fotografía irónicamente a un falso George Bush tratando de resolver un cubo rubik o a Lady Di yéndose de compras con Marilyn.

A través de las obras seleccionadas vamos clarificando esa especie de seducción que ejercen esas imágenes, llenas de una desaprobación que muchas veces es bastante hipócrita, ya que aunque se habla de la lacra de estos fotógrafos, las portadas con celebridades a quienes les roban fotos están en cada esquina, en todos lo medios y se agotan rápidamente. Las fotos puestas unas al lado de otras exponen el voyerismo de un público ávido de detalles, mostrándonos los excesos de la sociedad de espectáculos híper mediatizada.